
"El Mensaje de Marian Budde y la Verdad de Cristo: Un Diálogo con la Palabra y la Tradición"
El Leccionario en un texto
Primera lectura (Nehemías 8, 2-6.8-10)
"El gozo del Señor es vuestra fortaleza".
Salmo responsorial (Salmo 18)
"Tus palabras, Señor, son espíritu y vida".
Segunda lectura (1 Corintios 12, 12-30)
"Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno en su lugar es un miembro".
+ Evangelio (Lucas 1, 1-4; 4, 14-21)
"Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír."
Homilía
Amados hermanos, hoy nos reunimos como pueblo de Dios para contemplar el misterio profundo y trascendental de su presencia viviente entre nosotros, revelada en su Palabra y manifestada en la comunidad de fe que compartimos. La Escritura de este domingo nos invita a abrir nuestros corazones al poder transformador de esa Palabra, que ilumina nuestras vidas y nos llama a vivir en comunión, como un solo cuerpo en Cristo. Aunque cada uno de nosotros sea único y, de igual modo, la Iglesia muestre desde sus orígenes diversidad de patriarcados, carismas y tradiciones, sabemos que, en el Espíritu Santo, experimentamos una unión mística con Cristo, la Vid verdadera. En esa diversidad reconciliada, descubrimos el vibrante testimonio del amor infinito de Dios, que nos une y nos envía como portadores de esperanza al mundo.
La Palabra viva que conmueve
En la primera lectura de la Liturgia de la Palabra, somos testigos del pueblo de Israel reunidos en torno a Esdras, quien proclama con solemnidad la Ley de Dios. Este momento, colmado de reverencia y devoción, nos recuerda que la Palabra de Dios trasciende el simple texto escrito: es una voz viva que interpela, consuela y transforma. El pueblo llora al escucharla, pues reconoce en ella el eco de la voluntad divina, que da sentido y propósito a su existencia. Aquellas lágrimas eran piadosas, lágrimas que son recogidas por Dios en su redoma, como nos dice la Escritura: "Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos de espíritu" (Sal. 34:18). Y es que, cuando nuestras lágrimas son sinceras, el corazón de Dios se conmueve. Pueden ser lágrimas de arrepentimiento o de gozo, pero lo cierto es que, al derramar nuestras lágrimas en su presencia, el alma experimenta una liberación profunda. La contemplación de la santidad de Dios, de su misericordia y amor, puede llevarnos a las lágrimas; no nos ocultemos de Él, pues no hay regazo más acogedor sobre el cual derramar nuestro llanto.
Hoy, también nosotros nos congregamos como Iglesia para escuchar esa misma Palabra, que es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino. ¿Reconocemos en ella la voz del Dios viviente? ¿Permitimos que penetre en nuestros corazones, que ilumine nuestras sombras y transforme nuestra vida? La Palabra de Dios no está destinada solo a ser escuchada, sino a ser vivida. En ella apreciamos el llamado a convertirnos en discípulos comprometidos, llevando su mensaje al mundo a través de nuestras acciones. Para ello, es necesario que la sintamos tan profundamente como lo hizo aquel pueblo hebreo, no movidos por las emociones pasajeras, sino en verdad.
El cuerpo de Cristo, un misterio de unidad
Esto es en realidad la misión de todo bautizado, ser manifestación viva del Señor ante un mundo confundido y decrépito. San Pablo, en su carta a los Corintios, nos introduce en el misterio del cuerpo de Cristo. Nos recuerda que todos somos miembros de un solo cuerpo, diversos en dones y funciones, pero unidos en el Espíritu. Cada uno de nosotros tiene un lugar y una labor específica dentro de este cuerpo, y nuestras diferencias no son motivo de división, sino una riqueza que refleja la plenitud del amor de Dios.
La Iglesia, como cuerpo de Cristo, se encuentra animada por un único Espíritu que la une en la fe y la santifica. Así como el cuerpo humano está compuesto por múltiples partes que trabajan en armonía, de igual forma los creyentes, unidos por un solo Espíritu y una sola fe, forman esta comunidad viva. Lo que cada uno recibe como don no es algo exclusivo o aislado, sino que está destinado a ser compartido. Aquello que el Señor concede a uno, lo entrega para beneficio de todos, llamándonos a una comunión de bienes espirituales donde cada gracia, cada talento, es un regalo para edificar el cuerpo entero.
Aceptamos el nombre de cristianos porque participamos del Espíritu de Cristo, cuya presencia nos configura como miembros vivos de Su Cuerpo. Este Espíritu es derramado como un óleo que fluye desde la cabeza —Cristo mismo— hacia cada uno de nosotros, sus miembros, vivificando y llenándolo todo. Cuando recibimos esta unción, pasamos de ser simples seguidores, somos ahora pueblo sacerdotal, llamados a irradiar la alegría y el amor que provienen de Él.
En un mundo marcado por la fragmentación y el individualismo, la Iglesia está llamada a ser el reflejo de la unidad divina. Esta unidad no implica uniformidad, sino una profunda comunión, un testimonio viviente de que, aunque somos diferentes, compartimos un mismo Señor, una misma fe y un mismo bautismo. Pero, ¿cómo podemos vivir esta unidad en nuestra vida diaria? ¿Cómo podemos ser auténticos testigos del amor de Dios a través de nuestra fraternidad? Sin lugar a dudas, perseverando en la meditación constante de la Palabra del Señor, de modo que el mensaje que compartimos con la humanidad no se acomode a las normas de una sociedad que ha elegido apartarse de Dios y, en su desvinculación, se precipita en la oscuridad y la desolación.
El verdadero cristiano, en lo más profundo de su ser, debe reflejar el sentir que brota del corazón del salmista: "Tus palabras, Señor, son espíritu y vida" (Salmo 18, 8-10.15). Con la certeza de que la ley del Señor es perfecta y fuente de paz eterna para el alma, el cristiano se entrega a su sabiduría, que es fiel y guía a los que buscan la luz en la oscuridad. Al igual que el salmista, el cristiano anhela que las palabras de su boca y la meditación de su corazón asciendan a la presencia del Señor, quien es nuestra roca firme y nuestro redentor. En ese deseo ardiente, se revela la auténtica unidad: una comunión profunda en la acogida y vivencia de la Palabra divina, la cual, como un fuego purificador, transforma, eleva y da vida. Su luz expone la verdad y nos libera de las cadenas que nos atan, ya sean pecados personales o estructuras opresivas.
Corrientes seudo cristianas que atentan contra la unidad que salvaguarda la Palabra de Dios
Cristo, a través de su Palabra, nos da el poder para desenmascarar estas fuerzas malignas. Su invitación es clara: vivir en la novedad de su gracia y no permitir que el enemigo nos robe la esperanza. Al acercarnos a Él con fe, encontramos la fortaleza para enfrentar cualquier adversidad y proclamar su verdad con valentía.
En el mundo de hoy, se ha vuelto cada vez más difícil descubrir los impulsos del mal. Como se predijo en las Escrituras, en estos tiempos aparecerían "lobos disfrazados de ovejas", que trastocarían la palabra de verdad para engañar a los elegidos de Dios. Este es, sin duda, una obra del demonio, que trabaja insidiosamente para sembrar confusión y desvío. Debemos, por lo tanto, pedir con urgencia toda la fuerza del cielo y la valentía de los santos para poder discernir y enfrentar estos engaños. Tal es el caso de la llamada "obispa" episcopal Marian Budde, de la Catedral Nacional de Washington, DC, quien hace unos días pronunció un discurso que, bajo el pretexto de la caridad cristiana, personificó la confusión teológica y moral de gran parte del cristianismo liberal contemporáneo.
La invocación de Budde a "nuestro Dios" para justificar su petición de misericordia revela una incomprensión fundamental de la misericordia y la justicia divinas. La verdadera misericordia no afirma un comportamiento que dañe a los individuos o a la sociedad. Si bien la Iglesia está llamada a amar a todas las personas, también debe decir con valentía la verdad sobre el pecado, ya que el pecado destruye la dignidad y la libertad que Dios concede a la humanidad como portadores de su imagen.
Al equiparar los temores derivados de la conducta ilegal o la confusión moral con el sufrimiento justo de los oprimidos, Budde confunde la compasión bíblica con las ideologías seculares modernas, que utilizan la idea de la caridad y el amor como una máscara para lograr el mal y la destrucción insidiosa del alma y de la sociedad moral. Su retórica implica que la autonomía personal es suprema, pero las Escrituras enseñan lo contrario: la libertad humana solo se ejerce correctamente cuando se alinea con la verdad de Dios y el bien común.
Uno de sus puntos más chispeantes fue usar el "miedo de los niños trans". Consideramos que este discurso es bochornoso y totalmente separado de la luz de la verdad. ¿Cómo puede ser que un cristiano apoye la mutilación física y la aniquilación de la conciencia en los niños? La niñez debe ser preservada de toda ideología sucia y nociva; ellos necesitan crecer protegidos, libres de influencias que puedan distorsionar su desarrollo natural. Cuando ellos lleguen a la adultez tendrán la libertad de elegir el camino que quieran, haciendo uso de su libre albedrío, y que juzgue Dios. Pero usar un púlpito para manipular de esta forma la palabra misericordia, normalizar "la infancia trans", hablando de un "miedo" que no existe porque es infundado, es más que vergonzoso, es diabólico.
Prácticas como la mutilación de género y otras formas de autolesión contradicen el designio divino, causando daño irreversible en aquellos que han sido presa de tales espejismos experimentales, contrarios a la biología, la ciencia y el sentido común y, en última instancia, afectan gravemente a la sociedad, creando caos, enfrentamiento y confusión. Afirmar que tales comportamientos son aceptables es negar la misericordia que Budde dice defender, porque la verdadera misericordia busca restaurar y sanar, no dejar a las personas quebrantadas en el lodo del error, es precisamente lo que nos dice Jesús en el evangelio de hoy: "Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor".
Esto es sin querer profundizar demasiado en su condición de "obispo". La ordenación de Budde como "obispo" representa en sí misma un claro alejamiento de la enseñanza bíblica y apostólica, que la excluye de la prerrogativa de "usar correctamente la palabra de verdad" (2 Timoteo 2:15). La riqueza sacramental está fundamentada en signos naturales que, por su semejanza, simbolizan o significan realidades espirituales. El episcopado, instituido por Nuestro Señor Jesucristo y preservado por la Iglesia indivisa a lo largo de los siglos, ha sido conferido tradicionalmente solo a varones. Desde esta perspectiva sacramental, no se puede considerar legítima la sucesión apostólica en quienes, aunque puedan adoptar signos externos de dicha dignidad, no cumplen con los requisitos establecidos por la Tradición.
Como bien sostenemos los católicos antiguos, la Sucesión Apostólica no es sólo ostentar un linaje histórico de sucesión ininterrumpida que conecta con uno de los apóstoles, sino, además, mantenerse fieles a la enseñanza universal de la Iglesia, a la enseñanza católica que se expresa en la Tradición. Desde esta perspectiva, tristemente podemos afirmar, que Iglesias como las que preside Budde y sus comuniones hermanas, han caído de la Sucesión Apostólica en toda regla.
En cualquiera de los casos, lo más preocupante es el evidente intento de amoldar la fe a las corrientes del mundo, buscando legitimidad mediante estrategias populistas que apelan a las emociones y preferencias de aquellos que sucumben en la oscuridad del error, buscando así validar un estatus que, como hemos señalado, carece de legitimidad. Para ello, se recurre a escenarios que priorizan el activismo político y plataformas destinadas a promover agendas ideológicas que contradicen los principios éticos y morales fundamentados en los valores cristianos. Sin embargo, el Evangelio nos advierte con claridad: "A cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino, y que lo hundieran en el fondo del mar" (Mateo 18:6).
Cristo como fundamento de nuestra misión
Es por ello que se vuelve cada vez más imperioso profundizar en el estudio de la Palabra de Dios y fomentar la formación del pueblo santo en torno a la antropología cristiana, la ley natural, la ética y la moral. Estos fundamentos, pilares de la civilización occidental, han sostenido y guiado nuestro ascenso y desarrollo a lo largo de los siglos, iluminando el camino de la humanidad hacia un propósito más alto.
En el Evangelio, Jesús nos muestra que la Palabra de Dios se cumple en Él. Cristo es la Palabra hecha carne, el cumplimiento de las promesas divinas. En Él encontramos el modelo perfecto de amor, servicio y entrega. Él nos invita a ser sus colaboradores en la obra de salvación, llevando su mensaje a todos los rincones del mundo, con misericordia, cerca de los que sufren, de los desvalidos, de los abatidos, pero no para compadecernos afirmándoles en su condición deplorable, sino para levantarles, enseñándoles el camino de la verdad que los hace libres.
Recordemos la pregunta que hace Jesús a la mujer adúltera: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más" (Juan 8: 10-11).
Hoy somos enviados a vivir esta misión, no como individuos aislados, sino como miembros de un único cuerpo que late en perfecta unidad. Nuestra fe no es un tesoro escondido ni un asunto reservado a la intimidad del corazón; es una luz destinada a iluminar el mundo. Como comunidad, estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo: "Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente" (Mateo 5, 13-16). Debemos vivir entonces reflejando en cada palabra y acción el amor infinito de Cristo, un Amor que es verdadero, que no solo nos ama como somos, sino que nos quiere mejores, nos sueña libres, y anhela vernos vivir en el gozo pleno de su gracia.
Conclusión
Queridos hermanos, al escuchar la Palabra de Dios y participar en el misterio sublime de la Eucaristía, elevemos nuestra oración por aquellas iglesias que se han desviado del camino verdadero y han perdido su capacidad de dar sabor. Que la Santa Palabra de Dios nos toque profundamente, hasta conmovernos como aquel pueblo hebreo que lloraba al escuchar la Ley. Pero en nuestro caso, con mayor motivo, al reconocer la santidad y el amor infinito de un Dios que, en su misericordia, se humilla por nosotros y tomando nuestra naturaleza humana entra en nuestro mundo para salvarnos del pecado y de la muerte.
Renovemos con fervor nuestro compromiso de ser discípulos leales y miembros vivos del cuerpo de Cristo. Que la Palabra de Dios ilumine cada uno de nuestros pasos, que la unidad en Cristo transforme profundamente nuestras vidas, y que nuestra comunidad resplandezca como un signo vivo de esperanza.
Amén. Que así sea.
Mons. + Abraham Luis Paula