
"Por sus frutos los conoceréis"
El Leccionario en un texto
Primera lectura - Eclesiástico 27, 4-7
"El fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra, la mentalidad del hombre".
Salmo responsorial - Salmo 91 (92)
"Es bueno dar gracias al Señor y cantar a tu nombre, Altísimo".
Segunda lectura - 1 Corintios 15, 54-58
"La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu
victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?"
Evangelio - Lucas 6, 39-45
"¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el
hoyo?"
Homilía
Hermanos amados en Cristo, hijos de la luz y herederos de la promesa, nos encontramos a las puertas de la Cuaresma, ese tiempo sacro en el que la Iglesia nos invita a transitar el desierto espiritual, a despojarnos del peso del pecado y a ascender con el alma renovada hasta la cumbre sagrada del Gólgota, donde el Cordero inmolado abre para nosotros las puertas de la vida eterna. En este domingo previo al Miércoles de Ceniza, la Palabra de Dios nos ilumina con una enseñanza que, como un fuego purificador, nos llama a la conversión, a la introspección profunda y a la autenticidad en nuestra vida cristiana.
Nos dice el Eclesiástico, con su sabiduría milenaria: "El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona" (Eclesiástico 27: 6). Esta imagen, poderosa en su sencillez, nos habla de la verdad que subyace en el ser humano: lo que hay en el corazón, tarde o temprano, se manifiesta en la vida. Y aquí encontramos la clave del discernimiento que debemos ejercer en estos tiempos de sombras, en una era de apariencias y simulacros, donde muchos se dicen cristianos, pero sus frutos no son los del Evangelio, sino los de la hipocresía y la mundanidad. "Por sus frutos los conoceréis", nos advierte el Maestro. No todo el que dice "Señor, Señor" entrará en el Reino de los Cielos (Mateo 7: 21), sino aquel que, con humildad y perseverancia, hace la voluntad del Padre.
Asimismo, el Evangelio de este Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Lucas 6: 39-45), nos ofrece un espejo donde podemos examinar nuestras disposiciones para el camino espiritual que estamos a punto de iniciar. Nuestro Señor nos brida la clave contra la proliferación de la ceguera espiritual: "¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?". Esta pregunta de Cristo resuena con una fuerza inapelable en nuestra conciencia.
Nos dice el Señor: "No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno". Es necesario, pues, examinar los frutos de quienes nos rodean y de quienes nos conducen. Pero no se trata sólo de mirar a los demás; el Evangelio nos llama a la introspección, debemos mirarnos a nosotros mismos con la misma severidad, porque es fácil ver la astilla en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. Sólo quien ha sido iluminado por Cristo puede ser luz para los demás; sólo quien se ha despojado de su propia viga podrá ayudar a su hermano con humildad y caridad.
Esta enseñanza, hermanos, no podría ser más oportuna. Vivimos en una época en la que las palabras han perdido su peso y en la que muchos proclaman su fe con los labios, pero la contradicen con sus obras. Por otro lado, encontramos a quienes realizan obras de misericordia, pero tienen una comprensión errada o distorsionada de la fe en Cristo. Reducen su vida cristiana a la acción social, sin un verdadero fundamento en la revelación divina, adoptando ideas equivocadas sobre el Dios hecho hombre. Así, en nuestro tiempo, vemos una fractura entre la fe y las obras: algunos creen que basta con hacer el bien para estar en paz con "Dios", un dios que puede adoptar cualquier nombre o rostro; mientras que otros, convencidos de tener una comprensión clara de Cristo, reducen su vida cristiana a lo teológico y lo ritual.
Ante estas desviaciones, resuena la voz del Apocalipsis: "Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca" (Apocalipsis 3: 15-16). ¿Cuál es nuestro verdadero estado como cristianos? Si la tibieza ha anidado en nuestro corazón, hemos comenzado a cegarnos espiritualmente. No es casual que, en el mismo pasaje, el Señor nos exhorte: "...unge tus ojos con colirio, para que veas" (Apocalipsis 3: 18).
La tibieza espiritual es el umbral de la ceguera del alma. Cristo mismo la señala como el mal del hipócrita, de aquel que simula conocerle, pero es indiferente a su presencia viva. Es el estado de mediocridad que revela un compromiso a medias, una fe sin fuego ni convicción. El tibio es el más ciego de todos: cree ver, pero se mueve en penumbras; piensa que tiene fe, pero su corazón está vacío; pronuncia el nombre de Dios, pero sin pasión ni amor. Y el Señor, en su infinita verdad, no tolera tal simulación. Cristo no aprueba un corazón dividido, una entrega parcial, una fe sin ardor ni determinación.
La tibieza obscurece el alma sin que esta lo perciba. Es un velo sutil que, poco a poco, impide reconocer la luz hasta sumergir al alma en la penumbra de la autosuficiencia, la comodidad y la indiferencia. El que es frío, aunque esté lejos de Dios, al menos puede reconocer su necesidad de conversión. Pero el tibio, al creerse en la luz cuando en realidad deambula en sombras, se adormece en su engaño y se vuelve sordo a la voz del Espíritu.
No nos engañemos, hermanos. El cristiano no está llamado a convivir con la penumbra, sino a ser luz. La fe verdadera no admite mitades. Cristo, el Sol de justicia, ha venido a disipar toda sombra con el esplendor de su gracia. No seamos, pues, cristianos tibios, que vagan en la ceguera espiritual, sino almas ardientes que reflejan con fidelidad la luz de Aquel en quien no hay tiniebla alguna.
En este sentido podemos afirmar, que la fe cristiana se distancia radicalmente de la concepción dualista del taoísmo del yin y el yang, que postula un equilibrio entre la luz y la oscuridad como fuerzas complementarias. En Cristo, la luz no es una mitad que requiere de las sombras para existir, ni un equilibrio entre el bien y el mal. La luz es absoluta, plena, inmaculada; no admite mezcla ni sombra alguna, pues en Dios no hay dualidad, sino unidad perfecta en la verdad y el amor. Como lo proclama la Escritura: "Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna" (1 Juan 1: 5).
No obstante, en nuestra experiencia terrestre, percibimos la luz con mayor claridad cuando se enfrenta a la oscuridad. No porque ambas coexistan en un mismo plano, sino porque la tiniebla resalta la urgencia de la luz, la necesidad de su victoria definitiva. Y en este combate entre la claridad de Cristo y la sombra del pecado, puede surgir ese estado intermedio del que venimos hablando; peligroso, ya que siempre conduce irremediablemente a las tinieblas. Es el letargo del alma, la parálisis de la fe, la ceguera que avanza lentamente hasta apagar por completo la visión de Dios. Tengamos cuidado, pidamos al Señor Jesucristo, que ponga en nosotros el colirio del Espíritu, para que caminemos como luminares en el mundo, unidos a aquellos que mantienen avivada la llama del amor en Él, que es la Luz sin ocaso.
Desde una perspectiva sociológica, es innegable que los seres humanos tendemos a agruparnos según intereses compartidos. Nos unimos por conveniencia, afinidad o simpatía, pero no siempre por el amor a la verdad. Esta inclinación es evidente en todos los ámbitos de la vida: en lo social, lo político e incluso en la misma Iglesia. Sin embargo, llamarse cristiano no basta; es menester serlo en la plenitud del Evangelio. No se trata simplemente de formar parte de una congregación con la que nos reunimos una vez por semana, sino de asumir con valentía las exigencias de la nueva vida en Cristo: cargar la cruz con perseverancia, vivir en la verdad con integridad y dar frutos abundantes de conversión y amor.
Nos encontramos en un tiempo en el que la confusión y la mentira han logrado infiltrarse con astucia en el corazón de las naciones. En medio de esta crisis de valores, solo una fe auténtica, nutrida por la gracia y testimoniada en nuestras obras, podrá sostenernos en el camino que conduce tanto a la verdadera concordia entre los hombres como a la vida eterna en la comunión de los santos.
Cuando las tinieblas del engaño se esparcen y múltiples voces claman ser guías sin poseer la luz de la Fe en Cristo, el discernimiento se convierte en una necesidad impostergable para todo cristiano. ¿Con quién caminamos? ¿Bajo qué influencias nos dejamos conducir? ¿A qué círculos sociales o corrientes políticas nos vinculamos? Estas preguntas no son triviales, sino esenciales para quien desea permanecer irreprochable delante de Dios.
El salmista proclama: "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los burladores" (Salmo 1:1). ¿Acaso quien está firmemente arraigado en Cristo no tiene la capacidad de resistir las corrientes adversas? Ciertamente, pero el peligro persiste: compartir nuestra comunión con quienes sostienen principios contrarios a la fe puede llevar a debilitarnos o alejarnos del camino.
San Pablo nos exhorta con claridad: "No se dejen engañar: 'Las malas compañías corrompen las buenas costumbres'" (1 Corintios 15:33). No debemos confundir evangelizar con transigir ni ceder en nuestra identidad cristiana bajo el pretexto de la convivencia. Existen ámbitos, ideologías y espacios cuya naturaleza es incompatible con el llamado del Evangelio, y en ellos no deberíamos hallarnos comprometidos. Solo así evitaremos estar en el lugar equivocado, solo así caminaremos con los que verdaderamente buscan la luz y cuyos frutos son testimonio de su Fe. "Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian uvas de los espinos", nos enseña el Maestro (Lucas 6: 44).
Aprovechemos pues, la Cuaresma que se avecina, tiempo propicio para discernir y renovar nuestra conciencia mediante la asistencia del Paráclitos. La ceniza que pronto será impuesta sobre nuestra frente no es un adorno piadoso, sino una señal de nuestro deseo de conversión. Nos recuerda que somos polvo y al polvo hemos de volver, pero también que estamos llamados a la vida eterna. Es un tiempo de caridad, abstinencia y penitencia, porque para alcanzar la Resurrección es necesario pasar por el sacrificio del Gólgota. No hay gloria sin cruz, no hay victoria sin combate.
Y para poder vencer en esta batalla, San Pablo nos exhorta hoy en la segunda lectura: "Manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor" (1 Corintios 15: 58). ¡Qué consuelo nos ofrece esta palabra! Si nuestra fatiga es por Cristo, no quedará sin recompensa. Si nos mantenemos en la verdad, aunque nos rodeen las sombras del mal, la luz del Señor brillará en nosotros.
Hermanos, que la Palabra del Señor que hoy hemos escuchado e interpretado, sea para nosotros espejo y criterio. Que nos ayude a discernir la importancia de quiénes somos y, por tanto, con quién debemos caminar. Que, mirando más allá de las apariencias, elevemos nuestro corazón por encima de las máscaras del mundo y veamos con claridad dónde está la verdad y dónde se amontonan las sombras del engaño.
Que la luz de Cristo nos guíe en este tiempo sagrado al cual asistiremos con gozo, para que, purificados por la penitencia y fortalecidos por la gracia, podamos llegar a la Pascua con el corazón limpio, renacidos a la vida nueva y preparados para contemplar la gloria del Resucitado. A Él, que es la Luz verdadera, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula