Homilía del Segundo Domingo de Adviento (C): "Allanar el Camino del Señor"

08.12.2024

El Leccionario en un texto

Primera lectura: Malaquías 3:1-4
"He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí."

Salmo responsorial: Salmo 125 (126) 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6
"El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres."

Segunda lectura: Filipenses 1: 4-6, 8-11
"El que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús."

Evangelio: Lucas 3: 1-6
"Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas."


Homilía: Allanar el Camino del Señor

En este sagrado tiempo de Adviento, los días nos llaman a transitar entre la luz serena de la esperanza y las sombras profundas de nuestra espera. Es un tiempo donde el alma se abre al misterio, y el corazón se dispone a recibir al Emmanuel, el Dios con nosotros.

Hoy hemos encendido el segundo cirio de la Corona, un signo luminoso que crece semana tras semana. La luz que aumenta nos recuerda que cada paso nos acerca más al fulgor del día prometido, al amanecer del Salvador que disipa las tinieblas. Este encendido progresivo trasciende lo simbólico: es un eco visible de nuestra esperanza, una proclamación silenciosa de que el Rey viene, y con Él, la plenitud de la paz.

El color de los ornamentos que vestimos no es solo un reflejo de penitencia, sino también el anuncio del soberano que viene con majestad y gloria. El morado nos envuelve cual un abrazo regio, recordándonos que nuestra preparación debe estar teñida de reverencia, como quien se inclina ante la majestad más sublime. En este color convergen la profundidad de nuestro anhelo y la certeza de su venida.

El Adviento nos invita a preparar caminos en el alma, a derribar las montañas de orgullo y llenar los vacíos de nuestra fragilidad. Cada día nos acerca más al encuentro definitivo, al abrazo del Emmanuel que viene con ternura y fuerza. En esta espera, dejemos que la luz creciente nos ilumine, que nuestra fe se avive y que nuestros corazones se dispongan a recibir con alegría al Salvador.

La voz del profeta Malaquías resuena como un eco de eternidad: "He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí". En esta proclamación se entrelazan la urgencia y la dulzura de un Dios que no se cansa de acercarse a su pueblo. El "mensajero", cuya identidad parece oscilar entre un nombre y un símbolo, es reflejo de una verdad eterna: Dios nunca deja de hablar, nunca cesa de enviar a quienes allanan los senderos para su llegada.

La imagen de los caminos rústicos que deben ser alisados nos remite a una acción transformadora, pero no solo externa. Este Adviento nos recuerda que el Señor no busca caminos físicos despejados, sino almas abiertas y corazones purificados. El fuego purificador de que habla Malaquías no es un castigo despiadado, sino el toque amoroso de quien limpia el oro y la plata con delicadeza, eliminando las impurezas para que su luz resplandezca.

En el Evangelio, San Juan Bautista se presenta como esa voz que clama en el desierto, la figura ascética y vibrante que llama a la conversión. Sus palabras, tomadas de Isaías, tienen una belleza escultural: "Todo valle será rellenado, toda montaña y colina rebajada; lo tortuoso se hará recto, los caminos ásperos serán allanados". Cada palabra es una invitación a recrear nuestra alma, a permitir que el Maestro Divino transforme nuestras bajezas en plenitud, nuestra soberbia en humildad, nuestra aspereza en amor.

Esta preparación no es un mero acto simbólico; es una obra de gracia que requiere de nuestra colaboración. Es un Adviento continuo, una espera activa que nos transforma día a día.

Malaquías nos interroga con fuerza: "¿Quién podrá soportar el día de su venida?" El Día del Señor no es solo un tiempo de juicio, sino también de renovación, una oportunidad para permitir que el Creador refine nuestra vida, como el orfebre que separa lo precioso de lo vano. No debemos temer este proceso. Aunque puede implicar sufrimiento, también es una obra de amor divino, que nos afina como instrumentos para su gloria.

Incluso en la abundancia y la paz, Dios nos prueba. Nos llama a la fidelidad, a responder con generosidad a su amor, a entregarnos por completo. Las pruebas no siempre llevan el rostro del dolor; a veces son un susurro en medio de la prosperidad que nos pregunta: "¿Eres mío?".

El Señor viene. Su llegada es un hecho seguro, aunque el día y la hora permanezcan velados en el misterio. San Pablo, en su carta a los Filipenses, nos muestra el camino: vivir con corazones limpios e irreprochables, llenos de frutos de justicia. Este estado de gracia no se logra solo con esfuerzo humano, sino confiando en aquel que ha comenzado en nosotros esta obra y que, con paciencia infinita, la llevará a su plenitud.

La Iglesia, la Jerusalén celestial, nunca cesa de llamarnos. Su voz nos recuerda que estamos hechos para el encuentro con Dios, para regresar del exilio que el pecado ha trazado. Este Adviento nos invita a abrir las puertas del corazón, a permitir que el Salvador enderece nuestras sendas torcidas, llene nuestros vacíos y suavice nuestras asperezas.

Avancemos, pues, con ternura y solemnidad en este tiempo sagrado. Caminemos en la luz suave del Adviento, dejándonos modelar por las manos del Divino Alfarero. Que nuestras almas sean terreno fértil donde Él pueda sembrar las semillas de su Reino. Y que, en cada paso, podamos decir con gozo: ¡Ven, Señor Jesús!

Que así sea.


Mons. + Abraham Luis Paula