La Palabra de Dios y el Amor que nos une

03.11.2024

El Leccionario en un texto


Primera Lectura (Deuteronomio 6:2-6)

"Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza."

Salmo Responsorial (Salmo 18:2-4, 47, 51)

"Yo te amo, Yahveh, mi fortaleza."

Segunda Lectura (Hebreos 7:23-28)

"De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor."

+ Evangelio (Marcos 12:28-34)

"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo."



Homilía: La Palabra de Dios y el Amor que Nos Une

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, hoy nos reunimos en esta Eucaristía, para reflexionar sobre la esencia de nuestra fe, tal como nos la enseñan las Sagradas Escrituras. En el corazón de esta santa reunión resuena la invitación que nos hace el Señor a escuchar su palabra y a ponerla en práctica, porque en ella se encuentra el camino hacia la verdadera felicidad. A través de las lecturas de hoy, se nos recuerda que la vida cristiana está fundada en el amor: amor a Dios y amor al prójimo, dos mandamientos que se entrelazan y se convierten en el núcleo de nuestra existencia.

El Llamado a Escuchar y Practicar

La primera lectura, tomada de Deuteronomio, nos presenta la exhortación de Moisés al pueblo de Israel: "Escucha, Israel". Esta frase inicial va más allá de un simple llamado a oír, invitando a una escucha profunda, que implica atención y acción. Los mandamientos, leyes y preceptos que Dios entrega a Su pueblo no deben ser vistos como cargas, caprichos ni imposiciones arbitrarias, sino como guías que revelan Su amor y Su voluntad de conducirnos hacia el bien; son un regalo divino que nos orienta hacia la auténtica libertad. Dios no busca restringir nuestra autodeterminación, sino guiarnos para que, en el uso pleno de ella, podamos alcanzar la felicidad a la que estamos llamados. La práctica de estos mandamientos es, en última instancia, el camino hacia la realización de nuestra auténtica grandeza.

Sin embargo, en nuestro tiempo, el mundo, arrastrado por fuertes corrientes de hedonismo y narcisismo, induce un desprecio por todo lo que implique obediencia, al punto de considerar los mandamientos de Dios como meras reliquias, ecos de un pasado que algunos creen superado. Esta visión mundana confunde los mandamientos divinos con normas religiosas rígidas, específicas, y en medio de esta confusión, muchos no logran distinguir entre la Ley de Dios y prácticas culturales o reglas surgidas en momentos históricos de Israel y en nuestro caso de la Iglesia. Incluso esta perspectiva ha influido de tal manera en los cristianos, quienes, en ocasiones, asisten a la Eucaristía por ser "de precepto", más que por el anhelo de encontrarse con Dios. ¿En qué momento dejamos de suspirar por Él, hasta el punto de que nuestro encuentro con el Señor tuvo que imponerse? El Señor, en su mandato eterno, nos llama a algo mucho más grande y profundo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas". Este mandamiento es tan vasto que exige una entrega total; no se reduce a actos externos, sino que nos seduce y, como resultado, transforma todo nuestro ser.

En Jesucristo, este precepto de antaño alcanza su plenitud y nos invita a redescubrir la imagen del Cristo libertador, quien nos llama no a una obediencia ciega, sino a un seguimiento que nace del amor. ¿No será este el momento propicio para dejar atrás los rudimentos y redescubrir en Cristo la libertad de los hijos de Dios? Nuestro amor por Él debe ser nuestra guía en todo tiempo, y cuando estamos verdaderamente enamorados, ese amor nos cautiva y nos lleva a cumplir su voluntad, no como imposición, sino por el gozo de agradarle, con la certeza de que su Ley es el plan perfecto para la humanidad, reconciliada y transformada en Él.

Y aquí estamos, dos mil años después, y aún no hemos llegado a abrazar con todas nuestras fuerzas este proyecto de Dios, tan inmenso como Él mismo. ¿Cómo puede ser que ahora se planteen nuevos caminos y modos de llegar a Dios, o que el cristiano busque otras fuentes de espiritualidad? ¿Es que acaso Cristo ya no tiene el poder de transformar las vidas ni de llenar el corazón humano de felicidad? Sí, lo tiene, y es Él mismo quien sigue siendo la plenitud de toda respuesta humana. Pero cuando dentro del mismo seno del Cuerpo de Cristo surgen desviaciones y se buscan fuentes ajenas, lo que realmente se pone de manifiesto es un alejamiento de la Iglesia respecto a su Novio. Cristo sigue siendo la fuente y la cumbre de nuestra espiritualidad; es tan inmenso lo que tiene para darnos que no podríamos abarcarlo a plenitud durante toda nuestra vida. Sin embargo, cuando redescubrimos la inmensidad de Su corazón, la Iglesia recupera la belleza de su primer amor y el verdadero sentido de su misión en el mundo.

La Felicidad en la Obediencia a Dios

Es esencial comprender que lo que Dios nos ofrece a través de su Palabra es un camino hacia la plenitud, una senda que nos lleva a la paz y al gozo auténticos. Cumplir con los mandamientos no es sólo un acto de obediencia, sino una forma de honrar a nuestro Creador y de encontrar la realización profunda que nuestras almas anhelan. La verdadera felicidad no reside en placeres efímeros, sino en la fidelidad a lo que Dios nos ha revelado. Así, la obediencia se convierte en un acto de amor, una elección libre que nos aproxima a la comunión con Él y con nuestros semejantes.

Es natural que surjan preguntas: ¿por qué debemos convencernos de esta obediencia amorosa? Recordemos que Él nos ha dado su Palabra como una lámpara que ilumina nuestros pasos; en su sabiduría conoce nuestras fragilidades y nos guía para protegernos. La ley de Dios no es una vara opresora, sino la mano de un Padre que nos conduce con ternura para librarnos del error y encaminarnos hacia una vida plena en Su presencia.

Cristo, el Sumo Sacerdote que Nos Convenía

El apóstol San Pablo, en su carta a los hebreos, nos revela a Jesús como el Sumo Sacerdote que, no sólo cumple la Ley, sino que la eleva a su máxima expresión. En Él alcanzan cumplimiento la totalidad de las promesas de la antigua alianza, mediante la entrega de su vida en un sacrificio único y eterno. Su sacerdocio se perpetua por eternidad de eternidades, y su intercesión constante ante el Padre es el testimonio perenne de un amor insondable. Así, en la figura de Cristo, contemplamos cómo la Ley se transfigura en amor y el sacrificio en salvación, invitándonos a abrazar este misterio con fe y adoración.

Esta revelación es una llamada para nosotros, su Iglesia, a reconocer nuestra participación en este sacerdocio de Cristo, ofreciendo nuestras propias vidas como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Cada uno de nosotros, en nuestra vocación, debe sentirse animado a ser un canal de gracia para el prójimo, compartiendo el amor de Cristo a través de nuestros actos, palabras y actitudes. En esta espiritualidad del sacrificio, descubrimos una invitación a vivir en una comunión profunda, donde el servicio al mundo se convierte en el reflejo visible de nuestro amor a Dios. Viviendo en esta entrega cotidiana, nos transformamos en verdaderos testigos del Evangelio, llevando la luz de Cristo a las almas que claman por esperanza y redención.

La Primacía del Amor en la Enseñanza de Jesús

El Evangelio de hoy nos presenta un diálogo profundo entre Jesús y un escriba que, buscando comprender el sentido pleno de la Ley, le pregunta sobre el mandamiento más grande. La respuesta de Jesús, pronunciando el "Shemá Israel", nos recuerda que amar a Dios con todo nuestro ser es el primero y el mayor de todos los mandamientos. Pero su respuesta no se queda en este amor vertical: añade otro mandamiento inseparable del primero, diciendo: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". En esta unión de ambos amores, Jesús nos revela la esencia de su enseñanza: el amor a Dios y el amor al prójimo son un solo mandato, un solo manantial de vida que brota de la misma fuente.

¿Por qué este mandamiento es tan central? ¿Por qué insiste tanto el Señor en esta ley de amor? Él, siendo la Sabiduría misma, nos muestra que la felicidad verdadera se encuentra en la comunión, en la unión con Dios y con los hermanos. Somos criaturas hechas para amar, y la soledad, en su raíz, es una experiencia de vacío y tristeza, porque nos aleja de aquello para lo que hemos sido creados. Nuestra alma, creada por el Dios que es Comunidad de Amor, no está configurada para vivir en soledad, por lo que, encuentra en el amor el alimento que la sostiene y la alegría que la plenifica. Sólo en este amor trascendente, que es reflejo del amor divino, hallamos la paz que tanto anhelamos, porque así cumplimos la vocación para la cual hemos sido moldeados desde el principio: vivir en una comunión que anticipa, ya en esta vida, la eternidad.

Vivir el Mandamiento del Amor

Al concluir este retiro y esta Eucaristía, somos invitados a renovar nuestra alianza de amor con Dios y con el prójimo. Que nuestras vidas, iluminadas por el amor divino, sean un testimonio viviente de Cristo en medio del mundo. Cada acto de amor a Dios es un paso hacia la eternidad, y cada acto de amor al prójimo extiende aquí, en la tierra, el Reino de Dios. En el amor, cada instante de nuestra existencia adquiere un valor eterno, pues en Dios no existe separación ni pérdida, sino la plenitud de una comunión que jamás termina.

Hermanos, salgamos de este retiro llenos de la fuerza del Espíritu Santo, decididos a vivir esta Ley sublime con toda nuestra mente, con todo nuestro ser, en una entrega total y sincera. Que al amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos, llevemos en nuestros corazones, ardiente y profundo, el sello de esta Eucaristía, este encuentro con el Novio de la Iglesia, que nos impulsa a una vida siempre nueva, como cada amanecer, hasta que el día sea perfecto. Amén. Así sea.


Mons. + Abraham Luis Paula