
"La Misericordia, un Camino a la Santidad"
El Leccionario en un texto
Primera lectura – 1 Samuel 26, 2.7-9.12-13.22-23
"El Señor puso hoy en mis manos a tu vida, pero yo no quise alzar mi mano contra el ungido del Señor".
Salmo responsorial – Salmo 102 (103)
"El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia."
Segunda lectura – 1 Corintios 15, 45-49
"Del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celestial".
Evangelio – Lucas 6, 27-38
"Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso."
Homilía
Amadísimos hermanos en Cristo:
Hoy la Palabra de Dios nos conduce a las alturas del amor divino, a la cumbre de la perfección cristiana, a aquel horizonte celestial al que todo bautizado está llamado a dirigirse. Nos enfrenta a un mandato que desafía las lógicas humanas, que trasciende las reacciones instintivas y que solo puede comprenderse a la luz de la gracia: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36). Nos invita a amar a los enemigos, a bendecir a quienes nos maldicen, a dar sin esperar, a perdonar sin medida.
I. La grandeza de la misericordia
El Evangelio de hoy no es un simple llamado a la bondad ni una exhortación a la afabilidad natural. No. Es una revelación del corazón de Dios, que en su infinita paternidad nos llama a ser partícipes de su misma vida. No basta con evitar el mal, no basta con ser justos según la medida humana. Se nos invita a ir más allá, a reflejar en nuestras vidas la luz del amor divino.
En la primera lectura, vemos a David enfrentado a la posibilidad de vengarse de Saúl, su perseguidor. La oportunidad está servida: con un solo golpe podría acabar con quien ha buscado su ruina. Pero David, iluminado por una visión superior, se abstiene. ¡No toca al ungido del Señor! Muestra que la justicia de Dios no es la del ojo por ojo, sino la que deja espacio a la misericordia.
Esta actitud es la semilla de lo que Cristo mismo nos revelará de manera plena. Como nos recuerda San Ambrosio: "Tal es la recompensa de la misericordia, que da el derecho de la adopción divina. Pues sigue: 'Y seréis hijos del Altísimo'. Practica, pues, la misericordia para que merezcas la gracia. Inmensa es la benignidad de Dios: llueve sobre los ingratos; y la tierra fecunda no rehúsa sus frutos a los malos." He aquí el misterio de la misericordia: una generosidad inmensa, una benignidad que no discrimina, un amor que alcanza tanto al justo como al pecador.
II. El llamado a la transformación interior
Pero, ¿quién podrá vivir este Evangelio? ¿Quién será capaz de amar sin condiciones, de perdonar sin reservas? San Pablo nos da la clave: "Del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste" (1 Cor 15,49). El hombre antiguo, marcado por el pecado, reacciona con venganza, con violencia, con egoísmo. Pero el hombre nuevo, nacido en Cristo, tiene la capacidad de amar con el mismo amor del Redentor.
En el Bautismo hemos sido regenerados, hemos sido configurados con Cristo. Se nos ha dado su Espíritu, que nos hace capaces de una vida sobrenatural. No se trata de una empresa meramente humana, sino de la obra de Dios en nosotros. Nuestra santificación es un proceso de "cristificación": cada día debemos revestirnos más de Cristo, hasta alcanzar la medida de su amor.
III. El camino de la santidad y la unidad
Queridos hermanos, en este camino de configuración con Cristo, la misericordia es la medida suprema del amor. Y la misericordia tiene rostros concretos: perdonar a quien nos ha herido, rezar por quienes nos desprecian, renunciar a la venganza, hacer el bien a quien nos ha hecho mal.
Es así como vencemos el mal con el bien, como instauramos el Reino de Dios en nuestros corazones y en el mundo. La santidad no es una teoría abstracta ni un ideal inalcanzable. Es el camino de cada día, la fidelidad en las pequeñas cosas, la renuncia a las amarguras y a los rencores, la elección del amor por encima de la ofensa.
Nos es difícil, en un mundo desgarrado por la guerra y el sufrimiento, volver nuestra mirada a las palabras de Cristo. Con frecuencia, los no cristianos—ya sea con intención honesta o malintencionada—nos juzgan al ver que, entre nosotros mismos, no somos capaces de abandonar nuestras antiguas contiendas. Es doloroso constatar cómo, incluso en nuestros días, prolifera en las redes sociales una creciente pugna entre hermanos en la misma Fe en Cristo. Con preocupación vemos como se sumergen en el pasado, avivando viejas heridas y encendiendo los ánimos de sus seguidores, no para sanar, sino para dividir; no para edificar, sino para derribar.
Qué tristeza ver a algunos católicos desde sus redes sociales, culpando a protestantes incluso por las tribulaciones dentro de sus propias comunidades, como si ellos fueran responsables de lo que les acontece, recurriendo al desprecio, a la burla, a motas hirientes que desfiguran la caridad. Qué tristeza ver a protestantes caer en el mismo juego, respondiendo con la misma dureza. Aún más desgarrador es ver a hermanos de una misma expresión histórica del cristianismo alzando la bendición sobre las armas de la guerra, olvidando que el Señor de la Vida nos llamó a la paz. Esto, hermanos, es inadmisible.
Como hombre de fe y seguidor del mensaje del Evangelio, estoy convencido de que la verdadera unidad en Cristo jamás será una cuestión meramente jurisdiccional, ni podrá reducirse a estructuras humanas. La auténtica unidad es aquella que se vive en espíritu y en verdad, la que no se regodea en las diferencias, sino que abraza con amor lo que nos une y nos hace hermanos. Para que esto llegue a ser una realidad palpable, no debemos ignorar la urgencia de formar al pueblo de Dios en la visión del Señor, sólo así podrá discernir quién es, en verdad, su hermano en la Fe, aquel que confiesan con sinceridad los antiguos Credos y permanece fiel a los Concilios Ecuménicos. Solo así podremos comprender que lo que nos une es infinitamente más grande que lo que nos separa, y que nuestra misión más alta es hacer resplandecer, por encima de todo, el santo Nombre de Cristo.
Que el Señor infunda en nosotros el mismo temor reverente que habitó en David cuando, teniendo la oportunidad de hacer daño, se negó a levantar la mano contra el ungido del Señor. Y hoy nos toca preguntarnos: ¿quién es el ungido del Señor? ¿No es caso aquel que ha sido bautizado en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y que guarda en su corazón la palabra de Cristo y la pone en práctica? ¿No ha llegado ya la hora de instaurar el Reino de la paz, conforme a la verdadera intención de Cristo, y no a la manera de los reinos terrenales, que imponen su dominio con persecución y sometimiento?
Escuchemos las palabras del Maestro: "El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Por tanto, les digo: A ustedes se les perdonará todo pecado y blasfemia, excepto la blasfemia contra el Espíritu" (Mt 12,30-31). En este tiempo incierto y turbulento que nos ha tocado vivir, debemos tenerlo claro: nuestro hermano en Cristo no es nuestro enemigo. No es nuestro adversario, sino nuestro compañero de camino, nuestro aliado en la lucha por la verdad y el triunfo de la Cruz, señal del amor universal.
Roguemos al Espíritu Santo para que nos conceda la gracia de la unidad, aquella que trasciende nuestra diversidad, para que, en la paz que solo Cristo puede dar, todos seamos verdaderos hijos del Dios de la bondad infinita.
IV. Conclusión
La propuesta que Cristo nos presenta hoy en el Evangelio proclamado no es fácil. Nos desafía, nos incomoda, nos exige y nos interpela de manera directa e ineludible, especialmente a quienes creemos en Él, a quienes le confesamos como Salvador y Señor. Sin embargo, aunque el camino sea arduo, es el único que conduce a la verdadera felicidad, a esa paz profunda que solo puede brotar del corazón que ama según Su mandato.
¡Cuántas veces buscamos la paz del corazón y no la encontramos porque seguimos aferrados a rencores, a cicatrices legendarias, a deseos de justicia humana que no son sino venganza disfrazada! Pero el Señor nos dice: "Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida y rebosante pondrán en vuestro regazo" (Lc 6,38). He aquí el gran secreto del Evangelio: en la medida en que nos vaciamos de nosotros mismos y nos abrimos al amor, recibimos el ciento por uno.
Pidamos hoy la gracia de un corazón nuevo, semejante al de Cristo, capaz de amar como Él nos ha amado. Que el ejemplo de los santos nos ilumine y nos sostenga en este arduo pero glorioso sendero, para que, al final de nuestra peregrinación, podamos unirnos a la multitud bienaventurada de aquellos que, cautivados por el inefable Amor del Cordero, reflejaron en el mundo su infinita misericordia. Que, revestidos de luz y gloria, gocemos eternamente de la comunión de los justos en la visión beatífica, donde todo llanto se enjuga y el amor reina sin ocaso. Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula