
Homilía del Jueves III de Adviento: "Del Silencio Humano al Milagro Divino"
El Leccionario en un texto
Del libro de los Jueces: 13, 2-7. 24-25
"El niño estará consagrado a Dios desde el señor de su madre y él comenzará a salvar a Israel de manos de los filisteos."
Del Salmo 70
"Desde que estaba en el seno de mi madre, yo me apoyaba en ti y tú me sostenías."
Del santo Evangelio según san Lucas: 1, 5-25
"Convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías."
Homilía: "Del Silencio Humano al Milagro Divino"
Queridos hermanos en Cristo:
En este jueves de la tercera semana de Adviento, las lecturas nos transportan a la insondable profundidad del amor de Dios, quien prepara la venida del Emanuel con una delicadeza que sólo el Creador de la vida puede manifestar. Hoy contemplamos dos anuncios extraordinarios: el nacimiento de Sansón en la primera lectura y el nacimiento de Juan Bautista en el Evangelio. En ambos casos, el mensaje divino irrumpe en la esterilidad humana, demostrando que nuestro Dios es un Dios de milagros, un Dios que no conoce fronteras cuando se trata de cumplir sus promesas.
En el libro de los Jueces, el ángel del Señor se aparece a la esposa de Manoj, una mujer estéril, para anunciarle que concebirá un hijo que será un nazireo, que significa «segregado» o «apartados para Dios desde el seno materno». Este hijo, Sansón, vendría a ser el instrumento que comenzaría a liberar a Israel de la opresión filistea. La historia de Sansón se convierte así en un preludio de lo que veremos en el Evangelio: otro anuncio angélico, esta vez a Zacarías, sobre el nacimiento de Juan Bautista, quien preparará el camino del Señor.
El paralelismo entre ambas historias es fascinante. Dios, que es fiel a sus promesas, obra en medio de la debilidad y de la imposibilidad humana. En la esterilidad de estas mujeres vemos simbolizada nuestra propia incapacidad para alcanzar la plenitud por nosotros mismos; pero también vemos que, cuando Dios interviene, las puertas cerradas se abren, y la vida florece allí donde antes había sequedad. ¡Qué misterio tan grande es este! Nuestro Dios no solo da vida, sino que la consagra, transformándola en un instrumento de salvación.
En el Evangelio, el ángel Gabriel irrumpe en la rutina del sacerdote Zacarías, mientras este oficia en el santuario. Gabriel no trae una noticia ordinaria, sino una revelación sobrenatural: Isabel, su esposa estéril y avanzada en años, concebirá un hijo que será grande a los ojos del Señor, lleno del Espíritu Santo desde el vientre materno. Pero Zacarías, sacerdote de Dios, hombre acostumbrado a los ritos y las promesas divinas, duda. Su respuesta revela una mirada excesivamente humana, una incapacidad para elevarse hacia la visión sobrenatural de la fe.
¡Cuántas veces también nosotros, como Zacarías, quedamos atrapados en la rutina de nuestra religiosidad! Vivimos nuestra fe como un legado valioso, pero adormecido, sin permitir que el fuego del Espíritu renueve nuestras vidas. En latín podríamos decir que permanecemos como homo religiosus, el hombre religioso, pero necesitamos convertirnos en homo spiritualis, el hombre espiritual, aquel que vive en la certeza de lo que espera y en la convicción de lo que no ve (cf. Heb 11,1).
La religiosidad es valiosa porque mediante los ritos, las oraciones y el estudio de los textos sagrados nos introducimos en un conocimiento profundo de la fe que profesamos. No obstante, no debe quedar ahí, en lo público o lo intelectual, recordemos a Jesús como se expresaba de los escribas y fariseos de su tiempo: "sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia" (Mateo 23:27-28). Para que la religiosidad llegue a ser se fe viva, hay que vivirla en el espíritu. Si bien una complementa a la otra, es necesario aprender a caminar por fe; y esto ocurre cuando todas aquellas prácticas y enseñanzas se convierten en carne y sangre de nuestra vida interior y de esta forma se hace palpable mediante el servicio y la caridad.
Muchas son los obstáculos que encontraremos en el camino de ascenso hacia el homo epiritualis, no obstante, haré mención en esta homilía de un mal que podría considerarse el más dañino: el orgullo. Para vivir por fe, primero tenemos que evitar el orgullo: "He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; más el justo por su fe vivirá" (Habacuc 2:4). A menudo, Dios, en su infinita misericordia, nos enseña valiosas lecciones a través de períodos de silencio, esos momentos de aparente quietud en los que, lejos de abandonarnos, nos prepara y purifica para algo más grande. En el silencio, aprendemos a confiar, a reconocer nuestra pequeñez y a buscar el rostro de Dios con más fuerza. Es ahí donde el orgullo encuentra su antídoto: en la humildad que nos permite depender plenamente del Señor y no de nuestros títulos académicos, seguridad económica o de nuestras órdenes sagradas, en el caso de los religiosos.
Fijémonos, el ángel deja a Zacarías en silencio. Este silencio, que al principio parece un castigo, es en realidad una oportunidad. Es un tiempo para reflexionar, para escuchar a Dios en el corazón. En este Adviento, también nosotros necesitamos hacer silencio interior, imitar a la Virgen María, mujer de escucha y de espera. Solo en el silencio podemos percibir la voz de Dios, que nos llama a confiar plenamente en sus planes, aunque estos superen nuestra comprensión humana.
A medida que nos acercamos a la solemnidad de la Navidad, el tiempo de Adviento nos llama a despertar nuestra fe y avivarla desde las mismas entrañas de nuestra alma. Dejemos atrás las limitaciones de nuestros pensamientos humanos, esos moldes rígidos que a menudo encadenan nuestra visión del misterio divino. Abramos el corazón con humildad y asombro al Emmanuel, Dios con nosotros, cuya presencia transforma la historia y renueva todas las cosas.
Como dijo San Ireneo: «Si el hombre acoge sin vanidad ni jactancia la verdadera gloria procedente de quien lo creó, recibirá de Él aún más gloria, hasta hacerse semejante a Aquel que murió por él». Este es el camino de la fe: una confianza absoluta en Dios, una apertura al don de su amor transformador.
Hermanos, intensifiquemos nuestro amor a Jesucristo en este tiempo de espera. Recibámoslo con devoción en la Sagrada Eucaristía, preparemos un corazón dispuesto y colaboremos con él en los planes de salvación que tiene para nosotros y para el mundo. Nada escapa a la providencia divina. Si vivimos con visión sobrenatural, cada tarea cotidiana, cada alegría y cada contratiempo será una oportunidad para glorificar a Dios.
Que este Adviento sea para todos un tiempo de renovación interior, un tiempo de despertar espiritual, un tiempo de prepararnos para recibir al "Dios con nosotros" con corazones encendidos por la fe. Y así, al contemplar el misterio de la Navidad, podamos exclamar con júbilo santo: «El Señor ha hecho maravillas con nosotros, y estamos rebosantes de alegría» (cf. Sal 126,3). Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula