
Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor
El Leccionario en un texto
Primera Lectura (Isaías 60, 1-6):
"¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!"
Salmo Responsorial (Salmo 71):
"Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra."
Segunda Lectura (Efesios 3, 2-3a. 5-6):
"También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio."
Aleluya (Mateo 2, 2):
"Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor."
+ Evangelio (Mateo 2, 1-12):
"Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron."
Homilía
Amados hermanos:
El vocablo griego "Epifanía", que da título a la festividad de hoy, significa manifestación divina. Entre las innumerables revelaciones de Dios a la humanidad, brillan con especial fulgor las dos que celebramos durante el tiempo navideño: la noche santa del Nacimiento de Jesús y el día de su Epifanía. En la noche de Belén, Dios se manifestó a su pueblo escogido, Israel, mediante humildes y sencillos pastores, hombres de corazón puro. En el día de la Epifanía, en cambio, el Señor se reveló a toda la humanidad representada en sabios venidos de tierras lejanas, quienes acudieron a adorarlo como al Dios encarnado.
Siendo Navidad y Epifanía las máximas revelaciones de Dios a los hombres, no sorprende que ambas transcurran en un ambiente de júbilo. En Belén resonó el anuncio angélico: "Os traigo una buena noticia que será de gran alegría" (Lc 2, 10). De igual modo, los Magos, al contemplar la estrella, se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Estos acontecimientos han quedado grabados en la memoria de la humanidad envueltos en un halo de gozo, tradiciones encantadoras y relatos que fascinan, especialmente a los niños, quienes esperan con ansias los regalos del Niño Jesús, entregados por los Reyes Magos, sus mensajeros. Pero no solo los pequeños participan de esta alegría; también los mayores, quienes encontramos en estas celebraciones motivos de gozo y esperanza.
Ambas manifestaciones tienen, además, un profundo simbolismo luminoso. En Navidad, la gloria de Dios envolvió de claridad a los pastores (Lc 2, 9), mientras que en la Epifanía una estrella guió a los Magos. En el lenguaje bíblico, la luz es sinónimo de la gracia, del amor divino que busca amistad con el hombre, mientras que las tinieblas representan el pecado. El Verbo encarnado vino a derramar gracia sobre nosotros y a disipar las sombras del pecado, y por eso su venida se reviste de una luz divinal y sublime capaz de purificarnos si nos dejamos abrazar por el fuego de su amor.
La solemnidad que hoy celebramos trasciende la belleza de esta historia narrada por el Evangelio según San Mateo. Dios ha inscrito en el corazón humano el anhelo de buscarle, y Él responde a esa búsqueda mostrándose a través de su Hijo Jesucristo, quien se hizo hombre, vivió entre nosotros y abrió el camino hacia el Padre.
Jesucristo es la respuesta de Dios al clamor de la humanidad, el Salvador del género humano, el Rey de Reyes, verdadero Dios y verdadero Hombre. Este misterio fue comprendido por los Reyes Magos, quienes, iluminados por Dios, emprendieron un largo y arduo viaje desde Oriente para buscar y adorar al Mesías.
Estos sabios, más astrónomos que astrólogos, recibieron una inspiración divina que les impulsó a buscar al Rey cuyo reino trascendía los de la tierra. Isaías había anunciado ya su visita: "Te inundará una multitud de camellos y dromedarios... Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor" (Is 60, 1-6). Conocemos a estos hombres como Melchor, Gaspar y Baltasar, nombres que no figuran en la Escritura pero que nos han llegado por documentos históricos, como un manuscrito griego del siglo V en Alejandría. Baltasar es identificado como rey de Arabia, Melchor como rey de Persia y Gaspar como rey de la India. Guiados por la estrella, llegaron a Jerusalén, la capital, buscando al recién nacido Rey de los judíos. Pero allí no encontraron respuestas. Herodes, perturbado por la noticia, consultó a los escribas, quienes, basándose en las Escrituras, señalaron Belén como el lugar del nacimiento del Mesías.
Herodes, temeroso de perder su poder, actuó con crueldad, desatando la terrorífica matanza de los santos inocentes. Sin embargo, el Niño Jesús fue protegido por San José, quien, obedeciendo al mensaje del ángel, huyó con María y el Niño a Egipto. Así se cumplió la profecía: "Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron" (Jn 1, 11). En contraste con la indiferencia de Jerusalén y la hostilidad de Herodes, los Magos perseveraron, y al reencontrar la estrella, se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Finalmente, llegaron a Belén, donde, al encontrar al Niño con María, su Madre, cayeron postrados en adoración.
Meditemos ahora por un instante en la actitud de los intérpretes de la ley, el evangelista guarda un silencio que revela la falta de reacción: sabían lo que estaba escrito, informaban de ello y servían al poder establecido, todo con el único propósito de preservar el orden que les garantizaba comodidad y privilegios. En agudo contraste, la actitud de los Magos resplandece: fueron audaces, arrojados, animados por una fe que se sustentaba en la esperanza y se movía por la caridad. Este ardiente deseo de encontrar a Dios les llevó felizmente al término de su viaje, coronando su búsqueda con el hallazgo de Cristo, la plenitud de su anhelo.
Traídas estas actitudes al tiempo presente, emergen tres reflexiones de gran relevancia, aunque a menudo olvidadas:
- Aquellos que se enorgullecen de poseer el sentido de lo real y de "pisar tierra" frecuentemente carecen del sentido de las realidades de Dios.
- Quienes buscan sinceramente a Dios con rectitud de corazón terminarán por hallarlo.
- Quien confía en Dios y sigue su camino, aunque a ciegas, jamás se equivoca.
La alegría del encuentro con Dios supera con creces las pruebas y desconciertos del camino, como también las noches en que la estrella parece ocultarse.
Es profundamente triste, sin embargo, constatar que nadie en Jerusalén, situada a escasos nueve kilómetros de Belén, pareció interesarse por buscar al recién nacido "Rey de Reyes". Esta cercanía física contrastaba dramáticamente con la distancia espiritual de quienes, cómodos en su rutina, no supieron o no quisieron levantarse para acudir al encuentro del Salvador.
A partir de este pasaje evangélico, resulta necesario dirigir nuestra mirada hacia los líderes religiosos de nuestro tiempo, quienes, al igual que aquellos intérpretes de la ley en tiempos de Herodes, parecen atrapados por el temor o la indiferencia frente a las injusticias y la necesidad de defender la fe del pueblo de Dios. En nuestra querida nación española, contemplamos con dolor cómo se perpetúan, de manera pública y desvergonzada, insultos e injurias contra la fe cristiana, sin que los pastores del pueblo santo alcen su voz para denunciar tales atropellos. Callan, por cobardía o por falta de ese celo santo que debería consumir a todo ministro de Dios, y en su silencio abandonan a aquellos por quienes han sido llamados a dar la vida.
Peor aún es la actitud de algunos sacerdotes que, lejos de defender con valentía la fe, se muestran complacientes con ideologías que persiguen a la Iglesia y simpatizan con actos públicos empapados de un laicismo radicalmente izquierdista. Estos líderes, en lugar de guiar con firmeza al pueblo de Dios, terminan ocupando el lugar de los indiferentes letrados que rodearon a Herodes. En sus acciones se revela tristemente una pérdida del sentido de su misión, reemplazada por el deseo de conservar privilegios y opulencia. De este modo, se convierten en cómplices de un nuevo Herodes, que simboliza todo aquello que busca erradicar a Dios de nuestra sociedad.
Herodes es el signo del poder que, dominado por el miedo a perder su dominio, persigue a Cristo hasta en sus manifestaciones más sencillas. Hoy, Herodes se manifiesta en las estructuras y corrientes que pretenden silenciar la voz de Dios y borrar sus huellas en la cultura y el corazón de los hombres. Frente a esta realidad, se hace indispensable que los pastores recuperen el ardor de los Magos, la fe audaz y el celo por proclamar, en cualquier circunstancia, la verdad del Dios que ha venido a habitar entre nosotros. Es imperativo alzar la voz, no solo para defender la fe, sino para acompañar al pueblo que, en su devoción sencilla, sigue buscando al Niño que es Dios y Salvador.
San Juan Crisóstomo en una de sus homilías, nos insta ardientemente a todos aquellos que buscamos a Cristo con la siguiente exhortación: «Levantémonos, siguiendo el ejemplo de los magos. Dejemos que el mundo se desconcierte; nosotros corramos hacia donde está el Niño. Que los reyes y los pueblos, que los crueles tiranos se esfuercen en barrarnos el camino, poco importa. No dejemos que se enfríe nuestro ardor. Venzamos todos los males que nos acechan. Si los magos no hubiesen visto al Niño no habrían podido escaparse de las amenazas del rey Herodes. Antes de poder contemplarlo, llenos de gozo, tuvieron que vencer el miedo, los peligros, las turbaciones. Después de adorar al Niño, la calma y la seguridad colmaron sus almas».
La historia de los Reyes venidos de Oriente nos revela cómo Dios llama a cada persona de un modo único y profundo, sin importar su origen, raza, pueblo, nación, creencias o convicciones. Él toca las fibras más íntimas de nuestros corazones para que reconozcamos en Jesucristo a nuestro Señor, nuestro Dueño y nuestro Rey. Como a aquellos reyes del oriente, Dios nos invita a emprender la búsqueda, nos inspira a caminar hacia Él, y en Jesucristo se nos revela plenamente. Ante tal llamado, nuestra respuesta no puede ser otra que la de los Magos: buscarle con anhelo, seguir Su Camino con fe, postrarnos en adoración y ofrecerle lo mejor de nosotros mismos: nuestra entrega, nuestra oración y el fruto de nuestros esfuerzos.
Ahora bien, al concluir, surge una pregunta: ¿qué significado tienen los regalos ofrecidos por los Magos al Niño-Dios? El oro, el incienso y la mirra, además de simbolizar las ofrendas materiales que entregamos para aliviar la carencia de los necesitados, poseen una riqueza espiritual que los Santos Padres de la Iglesia han interpretado con sublime profundidad. El oro representa el amor, ese amor mutuo que Jesús nos dejó como mandato supremo: "Amaos unos a otros" (Jn 13, 34). Es la moneda imprescindible para edificar y fortalecer los vínculos en el seno de la familia y de la comunidad.
El incienso, por su parte, evoca la oración que se eleva a Dios como aroma grato; grabémoslo en el corazón: "La familia que reza unida, permanece unida". En este contexto, la Eucaristía dominical se erige como el centro de nuestra vida espiritual. Finalmente, la mirra simboliza el sufrimiento, esa cruz que Jesús mencionará y que cada uno de nosotros está llamado a cargar con paciencia y amor redentor.
La luz resplandeciente de esta Epifanía nos invita a llegar hasta este Belén, aquí y ahora, en este lugar donde nos hemos congregado. Nos llama a reconocerlo en lo pequeño y lo humilde: en la sonrisa del hermano, en el gesto de ternura del desconocido, en el respeto, en el silencio fecundo. En esta casa que es su morada, el Niño Dios nos exhorta a estrechar los lazos entre nosotros, a dejar que su signo distintivo, la ternura, impregne nuestras vidas y se convierta en un ejemplo vivo. Nos pide desprendernos de antiguos esquemas y aprender a descubrirlo en la fragilidad, en la necesidad, en lo aparentemente insignificante. Quiere que lo contemplemos como el Príncipe de la Paz, que abramos nuestras conciencias y corazones para que Él pueda entrar y nacer en nuestro interior, transformándonos desde lo más profundo.
Finalmente, nos deja una misión desafiante: aprender a ser estrellas para los demás. Y, aunque arduo, es un llamado esencial. Nos invita a iluminar el camino de quienes nos rodean, para que, a través de nuestras vidas, ellos también puedan descubrirlo y llegar hasta el Dios sencillo que se ha hecho hombre para salvarnos.
Amén. Que así sea.
Mons. + Abraham Luis Paula