
Homilía del V Domingo del Tiempo Ordinario (C): "Aquí estoy, envíame".
El Leccionario en un texto
Primera Lectura – Isaías 6,1-2a.3-8
"Entonces oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?» Yo respondí: «Aquí estoy, mándame»." (Isaías 6,8)
Salmo responsorial – Salmo 137(138)
"Cuando te invoqué, me respondiste, acrecentaste el valor en mi alma." (Salmo 137,3)
Segunda lectura – 1 Corintios 15,1-11
"Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí." (1 Corintios 15,10)
Evangelio – Lucas 5,1-11
"No temas; desde ahora serás pescador de hombres." (Lucas 5,10)
Homilía
Queridos hermanos en Cristo,
Hoy, la Escritura nos sumerge en una experiencia profunda que evidencia aquello que puede suceder cuando el hombre se encuentra con el Misterio divino, de su fragilidad en contraste la revelación de la grandeza de Dios y el poder transformador de su amor. Tanto Isaías como Pedro nos muestran el temor de quien se sabe indigno ante la majestad de divina, y al mismo tiempo, la fuerza que nos eleva cuando nos dejamos alcanzar por su gracia.
Jesús, el Hijo de Dios, se acerca a la orilla del lago de Genesaret. La muchedumbre lo sigue con hambre de su palabra. Sus enseñanzas resuenan en sus corazones, pero hay alguien a quien el Señor quiere dirigir su mirada de manera especial. Pedro, un pescador experimentado, ha pasado la noche entera en el mar sin obtener nada. Su fatiga, su frustración, su pequeñez humana quedan reflejadas en sus manos vacías y en su corazón abatido.
Sin embargo, allí está Jesús, el Maestro, quién se apresura y entra en aquella humilde barca, símbolo del corazón del fatigado pescador, se sienta y le pide algo: "Rema mar adentro y echa las redes". Pedro, aunque rendido por el cansancio, cumple con la voluntad de Jesús: "Maestro, hemos pasado toda la noche y no hemos pescado nada, pero en tu palabra echaré las redes". Y he aquí el prodigio: la red se llena de peces en abundancia. La barca casi se hunde por el peso de la bendición divina. Ante la grandeza del milagro, Pedro cae de rodillas y exclama con temor y temblor: "Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador".
La reacción de Pedro es la misma que tuvo Isaías cuando contempló la gloria de Dios: "¡Ay de mí, estoy perdido!" Es la reacción del hombre que, en el fulgor de la santidad divina, descubre su indignidad, su miseria, su pecado. Pero Dios, que es fuego purificador, no rechaza al hombre. A Isaías le envía un serafín con una brasa ardiente para purificar sus labios. A Pedro le da una palabra que cambia su destino: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres". No temas. Esta es la palabra clave. No temas a tu miseria. No temas a tu indignidad. No temas a tu pasado. Dios te llama, Dios te transforma, Dios te envía.
Miremos a San Pablo quién, sintiendo en su corazón el no sentirse digno de ser considerado apóstol, dado que antes de servir a Cristo persiguió con furia a los cristianos, nos dice: "Es Dios quien nos capacita, junto con ustedes, para estar firmes por Cristo. Él nos comisionó y nos identificó como suyos al poner al Espíritu Santo en nuestro corazón como un anticipo que garantiza todo lo que él nos prometió" (2 Corintios 1:21-22). Es necesario que recobremos la certeza más profunda de esta confianza que Él tiene en cada uno de sus hijos, para sentir y experimentar, al igual que los grandes santos, la presencia viva y activa del Espíritu de Dios en nuestro ser. ¡Confiemos en Él y en su ayuda cuando llegue el momento de responder! Tomar una decisión que comprometerá toda nuestra vida no es solo un desafío, sino, sobre todo… ¡una gracia sublime! Es imperioso invocar al Espíritu Santo para obtener la capacidad de dar esa respuesta. Observemos, no es necesario llamarle con grandes voces, se encuentra viviendo en el interior de cada bautizado. En el silencio de la oración podremos vislumbrarle amorosa y entrañablemente.
No podemos olvidar que este caminar hacia la respuesta fiel y confiada al Señor no se da sin un proceso de purificación interior. A medida que nos disponemos a seguir la llamada divina, debemos recordar que nuestra impotencia no es un obstáculo, sino el medio por el cual la gracia se hace más evidente. La conciencia de nuestra fragilidad ante Dios nos debe llevar a un reconocimiento profundo de nuestra necesidad de su misericordia.
Este sentimiento de humildad es el mismo que sobrecogió a Isaías y a los grandes hombres de Dios a lo largo de la historia, y también nos paraliza a nosotros en nuestra vida diaria: ¿Cómo puede lo imperfecto permanecer en pie frente a Dios? Empero, cuando se haga presente en nuestro corazón, debemos acudir a la confesión sincera; confesar nuestras debilidades y pecados hará que se fortalezca en nosotros el deseo del bien y con ello nuestra resolución de seguir al Señor sin temores. Para ello, es necesario redescubrir, además, la importancia de la vivencia de la Santa Misa en el momento de la contrición por los pecados, donde hacemos oración silenciosa y colectiva y recibimos del sacerdote, "persona in Christi", por los méritos de Cristo, presente en la asamblea, el perdón de nuestros pecados. Este acto de reconciliación nos recuerda la purificación en la fuente del lavabo que los sacerdotes de la antigua alianza debían realizar antes de entrar en el lugar santo, un signo de la limpieza que nos dispone a entrar en comunión con Dios.
Al igual que sucedió con Isaías, Pedro y Pablo, el Señor no mira nuestro presente pecaminoso con asombro o desprecio, sino nuestro deseo de volvernos a Él. Dios contempla el futuro luminoso de cada alma y, entrando en la barca del corazón rendido y humilde ante su presencia, transforma nuestro ser, devolviéndonos, por la fuerza de Su Amor, la dignidad perdida. ¿Cómo responder a tan inmensa misericordia? Siguiendo su voluntad y predicando el Reino de la Libertad, con la convicción de que, más allá de nuestras caídas, el Señor siempre nos levanta para conducirnos a la plenitud de su gracia.
A veces no obtenemos resultados satisfactorios en nuestras vidas como cristianos porque nos encontramos remando en la dirección equivocada. Recordemos cómo en una de las manifestaciones de Jesús resucitado, junto al mar de Tiberias, al ver que no habían pescado nada, les dice: "Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis" (Juan 21:1-6). La diestra siempre se ha visto como símbolo de lo bueno, lo correcto. Con el salmista cantábamos: "Tu derecha me salva". Sería sabio preguntarnos, cuando atravesamos momentos de dificultad: ¿en qué dirección hemos estado remando? La tentación más común es culpar a Dios o a los demás, pero si miramos a nuestro interior con sinceridad, descubriremos cuántas veces hemos navegado en mares cuyas olas nos desvían de lo bueno y lo recto. Es allí donde el Señor nos llama a corregir nuestro rumbo, a remar hacia la luz de su voluntad y a confiar en que, con Él en nuestra barca, nuestros esfuerzos serán recompensados con la abundancia de su bendición para gloria del Reino.
Hoy el Señor, en persona de san Pedro nos convoca a ser "pescadores de hombres", esto significa navegar en medio de las impetuosas olas y la tormenta embravecida de las fuerzas del mal y recatar a los perdidos. Para no sucumbir o caer en la desesperanza, hemos sido hoy orientados por la Palabra divina, que nos anima a confiar en el decreto de perdón que Dios nos ha prodigado en Cristo y el auxilio que nos brinda Su presencia en nuestras vidas, por los medios de gracia y la esperanza de gloria. Dios nos llama a todos a una misión, a cada uno según su vocación: en el matrimonio, en la vida consagrada, en el sacerdocio, en la vida cotidiana. Pero el miedo nos paraliza. Nos asusta el compromiso, nos asusta el desprendimiento, nos asusta soltar nuestras redes y nuestras seguridades. ¡Cuántos siguen a Jesús "de lejos", con un corazón a medias, temiendo dar el salto de la fe!
Es por ello que el Señor nos dice: "No tengan miedo". "No tengas miedo de ser lo que estás llamado a ser. No tengas miedo de descubrir tu vocación y abrazarla con valentía. No tengas miedo de romper con las cadenas que te atan y lanzarte a las aguas profundas del amor de Dios".
Pedro, vencido su miedo, lo dejó todo y siguió a Cristo. Isaías, purificado por el fuego divino, exclamó: "Aquí estoy, envíame". Y tú, hermano, ¿qué responderás al llamado del Señor? ¡No tengas miedo! Él está contigo. En la confianza en Él estará tu fortaleza. Amén. Que así sea.
Mons. + Abraham Luis Paula