
Homilía del Primer Domingo de Adviento (C): "El que está por venir"
El Leccionario en un texto
Jeremías 33, 15:
"Haré brotar para David un legítimo descendiente que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra."
Salmo 24, 4:
"Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas."
1 Tesalonicenses 3, 13:
"Que Él fortalezca sus corazones para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, ustedes se presenten ante Dios santos e irreprochables."
Lucas 21, 28:
"Levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación."
Homilía: EL QUE ESTÁ POR VENIR
El Adviento es el alba de la eternidad que irrumpe en la penumbra de nuestro tiempo. Es el resplandor de una promesa antigua que aún ilumina el horizonte de nuestra esperanza. Es la melodía inquietante que anuncia la llegada de un Rey, el palpitar del corazón que se dispone a recibirlo. En este tiempo santo, la Iglesia abre sus brazos y susurra al alma: "Despierta, Él viene". La creación entera suspira por su Redentor; la humanidad, desgastada por el peso del pecado, se inclina hacia el brote nuevo que traerá justicia y reconciliación.
Adviento es la antesala del cumplimiento de una promesa tan antigua como el mismo tiempo. En el jardín donde comenzó la caída, también se sembró la semilla de la redención: "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gén 3,15). Este proto-evangelio, primer anuncio de la Buena Nueva, resonó en el silencio de los siglos hasta germinar en la plenitud de los tiempos, en Cristo Jesús, el "Germen justo" prometido (Jer 33,15).
El Adviento nos invita a mirar la historia como un lienzo tejido por la mano de Dios. El profeta Jeremías proclamó que del linaje de David brotaría un descendiente que habría de traer justicia y paz a la tierra. Este "Germen justo" no es otro que Cristo, quien, al encarnarse, asumió nuestra condición para reconciliarnos con Dios y con toda la creación. Por su Cruz y Resurrección, Él ha pisado la cabeza de la serpiente, quebrantando el poder del mal y ofreciendo a toda la humanidad la salvación.
"En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra."
Este oráculo divino, contenido en el libro de Jeremías (Jer 33, 14-16), nos introduce en el sagrado tiempo del Adviento: un período de espera y esperanza.
Es tiempo de espera, porque aguardamos un futuro iluminado por un horizonte donde reinen el derecho y la justicia; no la justicia de quienes se apoyan en el poder del dinero y de las armas para imponer su dominio y ajustar cuentas con aquellos que consideran enemigos de sus intereses o ideales.
Es tiempo de esperanza, porque este horizonte prometido no surge de meras estrategias humanas, sino que es un don puro de Dios. Así lo proclama el texto: "En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: Señor –nuestra- justicia."
Vivimos, ciertamente, tiempos difíciles. Sin embargo, la alegría y la esperanza no deben abandonarnos, pues Jesucristo, el Hijo de Dios, es más fuerte que todo mal. Él viene, y hemos de prepararnos para recibirle junto al portal. Prepararnos, no mediante lujos o adornos materiales, sino cultivando en nuestro interior las virtudes que más le agradan: bondad, amor, humildad, mansedumbre, y deseos de concordia. Allí reside la verdadera alegría y la esperanza.
El evangelio de este día, que complementa esta espera mesiánica, nos revela un horizonte nuevo: el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. "Las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria."
Aunque estas imágenes puedan parecer apocalípticas, no son motivo de temor, sino de consuelo y esperanza. Nos aseguran que no caminamos hacia el vacío ni el silencio eternos, sino hacia el encuentro definitivo con Aquel que nos creó y nos ama con ternura infinita. Como describe el Apocalipsis, ese momento será semejante a un banquete nupcial, a una fiesta en la que Dios enjugará cada lágrima de nuestros ojos.
Desde una perspectiva cristiana, toda la historia humana es una larga espera. Antes de Cristo se aguardaba su primera venida; después de Él, anhelamos su retorno glorioso. Por ello, el tiempo de Adviento tiene mucho que decirnos. Calderón de la Barca tituló una de sus célebres obras La vida es sueño; pero con igual verdad podríamos afirmar: La vida es espera.
Esperar es parte de nuestra existencia. Cuando una mujer está embarazada, decimos que "espera" un hijo; las antesalas de las grandes decisiones son "salas de espera". Reflexionando, toda nuestra vida es una sala de espera, y el corazón humano languidece cuando cesa de esperar. Sin esperanza, la vida se apaga; pero al contrario, ¡la espera es vida!
Para el cristiano, esta espera no es vana ni pasiva. Aquel a quien aguardamos ya ha venido y camina entre nosotros. Por ello, debemos pedir a Dios, especialmente en Adviento, que abra nuestros ojos para reconocerle no solo en la Eucaristía, en su Palabra o en los más pobres, sino también en el íntimo santuario de nuestro corazón, donde mora por gracia y donde podemos experimentar su presencia.
Jesús nos enseña cómo vivir esta espera: "Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, la embriaguez o las preocupaciones de la vida... Estad en vela, orando en todo tiempo."
El pasaje evangélico (Lc 21, 25-36) incluye tres exhortaciones esenciales:
- Estad despiertos. La vigilancia nos permite discernir los signos de los tiempos y comprender su significado profundo.
- Tened cuidado. Si perdemos la esperanza, corremos el riesgo de sucumbir a los falsos consuelos del vicio y del materialismo, que prometen una seguridad ilusoria.
- Alzad la cabeza. No basta con lamentarse; hay que levantar los ojos para contemplar la liberación y al Liberador que viene.
Este Adviento nos llama a trabajar con alegría, a vivir con esperanza y a no caer en las ilusiones de quienes se aferran a visiones apocalípticas erradas. La verdadera preparación no consiste en obsesionarse con los últimos días, sino en cumplir nuestra misión cotidiana, colaborando en la obra de Dios y sirviendo a nuestros hermanos.
Aguardamos con gozo la venida del Señor. ¡Ven, Señor Jesús! Maranatha. Esta antigua invocación aramea resuena en la Iglesia desde los primeros tiempos, expresando un deseo profundo de su llegada.
El Adviento, que significa "venida", nos recuerda que cada Navidad Jesús llega "un poco más" a nuestras vidas. Aprovechemos esta primera semana para encender en nuestros corazones el fuego de su amor y decirle con fervor:
Señor Jesús, tus apóstoles nos han transmitido tus enseñanzas, que la tradición de tu Iglesia ha conservado fielmente. Concédenos la gracia de vivirlas plenamente, para que con ardor preparemos tu venida. Ven, Señor Jesús. Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula