
Homilía del Jueves II de Adviento: "La voz en los desiertos del Adviento"
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: Isaías 41, 13-20
"No temas, yo mismo te auxilio; tu libertador es el Santo de Israel."
Salmo Responsorial: Salmo 144, 1 y 9. 10-11. 12-13ab
"El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad."
Evangelio: Mateo 11, 11-15
"En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista."
Homilía: "La Voz en los desiertos del Adviento"
Queridos hermanos en Cristo,
En este tiempo sagrado de Adviento, la palabra de Dios se nos presenta como un manantial en medio del desierto, invitándonos a confiar en su promesa y a preparar el camino para el Señor que viene. Isaías nos habla de un Dios que toma nuestra mano y nos susurra: "No temas, yo mismo te auxilio". Este mensaje de ternura divina resuena como un eco profundo en el Evangelio, donde Jesús nos muestra la grandeza de San Juan Bautista, el heraldo que prepara los corazones para recibir al Mesías. Entre ambos textos, se despliega un llamado a transformar nuestra vida y el mundo que nos rodea.
La figura de Juan Bautista emerge como una antorcha en la noche. Jesús lo ensalza, reconociendo en él al más grande nacido de mujer, pero también nos desafía con un misterio: el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. En esta paradoja, descubrimos que la verdadera grandeza radica en la humildad de quien se vacía de sí mismo para llenarse de Dios. Juan es más que un profeta; es la voz que clama en el desierto, el instrumento elegido para preparar el camino del Señor. Y ese desierto, hermanos, no es un lugar geográfico, sino el espacio simbólico y circunstancial donde Dios nos llama a escuchar y responder.
Hoy también somos desafiados a ser esa voz en medio de los desiertos de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo sediento de esperanza, marcado por los desiertos del odio, la guerra, la desesperanza y el silencio que ignora al hermano. Pero Isaías nos recuerda que el Dios de Israel no nos abandona. Su promesa es clara: hará brotar ríos en cumbres desoladas, transformará la aridez en manantiales y plantará cedros en los desiertos. Esta visión no es solo una profecía de restauración física, sino un signo de la obra espiritual que Dios desea realizar en cada uno de nosotros.
La voz en medio del desierto de la vida y del mundo de hoy debe resonar con fuerza y esperanza. En el desierto que provocan las guerras entre las naciones, donde el diálogo se ve silenciado por el estruendo de las armas, necesitamos la voz que proclama la paz que viene de Dios. En el silencio árido de corazones endurecidos por el egoísmo y la indiferencia, esa voz debe ser un signo del encuentro con el otro. También está el desierto de la desesperanza, donde muchos pierden el amor por la vida, y el desierto del desprecio por lo trascendente, que ubica al hombre como un ser sin visión de resurrección ni eternidad. Es allí donde el anuncio del Reino debe hacer eco, despertando en el alma un anhelo de redención y vida plena. Es hora de alzar la voz sin miedo, porque sólo los valientes ganan el Reino de los Cielos.
Si queremos ser como Juan, heraldos del Reino, debemos primero permitir que Dios transforme nuestros propios desiertos. En el silencio del corazón, él nos prepara, nos pule como un trillo aguzado para que podamos trillar los montes de la injusticia y reducir a paja las colinas del orgullo. Este Adviento nos llama a entrar en ese silencio fecundo, donde Dios habla, donde podemos escucharle cual susurro apacible.
El anuncio de Juan Bautista no era fácil; requería valentía. Su voz se alzó contra las estructuras de poder y las corazas de indiferencia. También nosotros debemos hacer escuchar nuestra voz, no con gritos estridentes, sino con el testimonio fiel de una vida transformada por la esperanza. El Reino de los Cielos sufre violencia, dice Jesús, y los valientes lo arrebatan. Esta valentía no es una fuerza impuesta, sino la audacia del amor que construye puentes en medio de la separación y planta semillas de paz en los corazones rotos.
Isaías concluye su visión con una imagen gloriosa: los pobres y los sedientos encontrarán agua, y los desiertos florecerán con cedros y olivos. Que esta promesa se convierta en nuestro anhelo y misión. En este Adviento, permitamos que el Señor haga de nosotros un oasis en los desiertos de los demás, una voz que proclama sin miedo: "Preparen el camino del Señor". Que, como San Juan Bautista, seamos instrumentos de la gracia, heraldos de un Reino que transforma la oscuridad en luz y la muerte en vida.
Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula