
Homilía del IV Domingo de Adviento (C): “¡Oh Dios, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve!”
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: Miqueas 5, 1-4a
"De ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial."
Salmo Responsorial: Salmo 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19
"Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve."
Segunda Lectura: Hebreos 10, 5-10
"Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad."
Evangelio: Lucas 1, 39-45
"Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá."
Homilía: "¡Oh Dios, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve!"
Amadísimos en Cristo,
Alzamos nuestros corazones en este último domingo de Adviento, cuando las horas del tiempo litúrgico se deslizan suavemente hacia su cumbre luminosa: la Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Es el preludio del misterio que celebraremos en la noche santa, en la cual la luz del Verbo hecho carne irrumpirá para disipar las sombras de este mundo. Contemplamos la Corona de Adviento, cuyas velas encendidas resplandecen como faros de esperanza en un océano de expectación. Cada llama parece susurrarnos la promesa eterna del Emmanuel: Dios con nosotros. Este es un tiempo de gracia que nos invita, como el centinela al alba, a velar con fe y a recoger los frutos de esta estación sagrada, tan rica en significado y tan colmada de amor divino.
El Adviento, si bien nos envuelve en la tierna alegría que preludia la Navidad, tiene también un carácter profundamente escatológico. En su esencia nos llama a meditar sobre la misión que hemos recibido desde la eternidad, aquella para la cual fuimos escogidos por el amor insondable de Dios. Nos invita a considerar no sólo el misterio de la primera venida de Cristo, sino también a vivir en ardiente espera de su retorno glorioso, cuando toda la creación será llevada a su plenitud en Él.
Cada vez que celebramos la Santa Eucaristía y proclamamos, con voces llenas de esperanza, después de las palabras de la consagración: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!", hacemos eco de la súplica ancestral de la Iglesia. Es esta una oración cargada de profundidad, un clamor que se eleva desde las entrañas de nuestra fe, recordándonos que el Adviento no sólo nos prepara para un nacimiento, sino que también nos impulsa a vivir bajo la luz de la segunda venida del Salvador. Este anhelo transforma nuestra manera de ser y de caminar en el mundo, pues nos llama a ser testigos de la esperanza que no defrauda.
Todo comienza en Belén de Judea, esa "pequeña entre las aldeas de Judá", donde la profecía de Miqueas encuentra su cumplimiento divino: "De ti saldrá el jefe de Israel, cuyos orígenes se remontan a los días más antiguos" (Mi 5, 1-4). En esta promesa se revela el misterio de la divinidad del Mesías, Aquel que, siendo eterno, se hace temporal por amor a nosotros. Su grandeza no conoce confines, y su paz será la herencia que transformará los corazones y reconciliará a toda la creación.
Así, el plan divino, orquestado desde la eternidad, encuentra su epifanía en el humilde nacimiento del Niño Dios, y Belén se convierte en el faro que ilumina la historia de la salvación. En este cuarto domingo de Adviento, la liturgia nos invita a contemplar el profundo misterio del encuentro entre dos mujeres llenas de gracia: la Santa Virgen María y su pariente, Santa Isabel. Este pasaje evangélico, tan sencillo en su relato y tan profundo en su significado, nos lleva al corazón mismo del misterio de la Encarnación y de la próxima celebración de la Navidad.
Imaginemos a María, una joven llena de fe y esperanza, que acaba de recibir el anuncio del arcángel Gabriel. El Mensajero Celestial no solo le revela que será la Madre del Hijo de Dios, sino también le comunica que Isabel, su pariente, ha concebido un hijo en su vejez. Ante esta noticia, María no duda, no cuestiona, no busca confirmaciones. Movida por el amor y la fe, se pone en camino "aprisa" hacia la región montañosa, hacia la casa de Isabel.
Este viaje, que podría haberse considerado imprudente o innecesario por muchos, está cargado de significado. María no viaja por incredulidad, no busca evidencias del milagro en Isabel. Su prisa es la prisa del amor, del deseo de compartir su inmensa alegría con quien puede comprenderla, y también de ofrecer su ayuda a quien la necesita. En su marcha se entrelazan la ternura del servicio y la urgencia de llevar la Buena Nueva que habita ya en su seno virginal.
Cuando María entra en la casa de Zacarías y saluda a Isabel, ocurre algo maravilloso: el niño en el vientre de Isabel salta de alegría. Es el primer testimonio de alegría mesiánica, un preludio del gozo que Cristo trae al mundo. Isabel, llena del Espíritu Santo, reconoce en María a "la Madre de mi Señor" y proclama su bienaventuranza: "¡Dichosa tú, que has creído!". Estas palabras sacuden nuestro ser más íntimo, recordándonos que la fe es la puerta por la cual Dios entra en nuestra vida.
María, al igual que Abraham, es modelo de una fe pura, una fe que no solo asiente con la mente, sino que abraza con el corazón y actúa con determinación. Su "hágase en mí según tu palabra" es un sí absoluto, un acto de entrega total a los designios de Dios. Este "sí" de María encuentra su correspondencia perfecta en el "sí" del Hijo, quien, según nos recuerda la carta a los Hebreos, entra en el mundo diciendo: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Es el "sí" del Verbo divino, que asume nuestra carne para reconciliarnos con el Padre, con nosotros mismos, con los hermanos y con toda la creación.
Y así, a la luz del Evangelio, profundicemos en la actitud diligente de María, vemos en su puesta en marcha una premura cargada de Dios, que contrasta hondamente con las prisas frenéticas de nuestro tiempo. Mientras que la diligencia santa de María es un reflejo del amor que la lleva a servir, a compartir la alegría de la Encarnación y a proclamar la presencia del Salvador, nuestras urgencias contemporáneas se ven impregnadas, a menudo, de vacíos y superficialidad. Vivimos en una generación que, deslumbrada por los destellos fugaces del placer instantáneo, se precipita hacia el consumismo voraz y la trivialidad, dejando tras de sí un rastro de hastío espiritual y vacío existencial.
Las prisas de la modernidad parecen haber olvidado el rostro de Dios. Los líderes del mundo, en su ansia por edificar un futuro sin Él, erigen estructuras que excluyen lo trascendental y promueven un horizonte desprovisto de esperanza eterna. En sus deliberaciones, diseñan sociedades que desvalorizan el mérito, el talento y la virtud, mientras que, por el contrario, lo obsceno, lo sensual y lo sexual se erigen como los nuevos ídolos de nuestros días. En este contexto, el alma humana, desorientada y sedienta de lo absoluto, se extravía en el bullicio de una modernidad que se autoproclama progresista, pero que, en realidad, no es más que un retroceso, pues su agenda reduce al hombre de su dignidad humana a su forma más primitiva, fomentando sin el más mínimo pudor una visión equivocada de lo primario, elevada a lo trascendental. Así, el hombre contemporáneo se encuentra como un peregrino en un desierto sin agua ni estrella que le guíe.
En medio de este torbellino, la Iglesia se alza como una voz profética y grita con la autoridad de quien guarda el tesoro de la verdad: ¡Silencio! ¡Vuelva el hombre a ser humano! ¡Vuelva el humano a la paz! Esta es la voz del Adviento, potente, cuyo mensaje está escrito en el mármol de los siglos. Nos urge a abandonar las vanas agitaciones de una vida desbordada por lo superfluo, para volver a lo esencial y lo sublime. Navidad no es el bullicio externo de regalos y festines; Navidad es el nacimiento de Cristo en el pesebre de nuestros corazones. Sin Cristo habitando en nuestra alma, ¿puede haber Navidad? ¿No será, acaso, una celebración vacía? Y sin Cristo reinando en el mundo, ¿aún te preguntas porqué se perpetua la maldad? El mundo necesita ser restaurado, unámonos desde el interior a la voz del salmista y elevémosla como una plegaria por toda criatura: "¡Oh Dios, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve!"
Y así, como María, la Virgen Madre, aprendemos a apresurarnos hacia lo que verdaderamente trasciende, dejando atrás las fútiles inquietudes que tantas veces oscurecen nuestra visión del espíritu. Así como ella, movida por un amor radiante, se dirige con paso pronto y decidido hacia Isabel, que nuestra diligencia sea también un acto de generosa entrega, llevándoles la Buena Nueva a aquellos que ansían consuelo y esperanza. Que nuestras obras resplandezcan con la misma ardiente urgencia por servir y anunciar a Cristo, transformando lo cotidiano en un sacrificio redentor. Imitémosla en ese apremio sagrado, brotado del amor más puro, que nos conduce a la oblación total. Que nuestra celeridad, en verdad, sea la suya: un reflejo del júbilo inefable de poseer a Cristo y del ardoroso deseo de llevar a un mundo sediento, proclamando con nuestras palabras y nuestras acciones la gloria de Aquel que viene a salvarnos, el único Rey de la paz y Soberano de sempiterna justicia.
En estas horas finales del Adviento, hagamos silencio interior, preparemos el pesebre de nuestras almas y abracemos el misterio de la Encarnación. Y cuando llegue la Noche Santa, que nos encuentre preparados, con el corazón abierto, con las manos dispuestas a dar y con la mirada fija en el niño que nos trae la salvación. Entonces, como María, podremos proclamar con alegría y gratitud: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador".
Que así sea. ¡Maranatha! ¡Ven, Señor Jesús!
Mons. + Abraham Luis Paula