
Fiesta de la Presentación del Señor: "Cristo es la luz del mundo"
El Leccionario en un texto
Primera Lectura – Malaquías 3, 1-4
"De pronto entrará en el santuario el Señor a quien ustedes buscan, el mensajero de la alianza que ustedes desean."
Salmo Responsorial – Salmo 23(24), 7-8.9-10
"¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria."
Segunda Lectura – Hebreos 2, 14-18
"Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo."
Evangelio – Lucas 2, 22-40
"Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel." (Lc 2, 30-32)
Homilía
Queridos hermanos en Cristo:
Nos reunimos hoy, en este día bendito, para contemplar con asombro y devoción el misterio de la Presentación del Señor y la Purificación de María. En el fragante aroma de la tradición litúrgica, esta solemnidad resplandece con la luz de las candelas, recordándonos que Cristo es el fulgor que disipa las tinieblas del mundo. Antaño, la cera encendida era signo precioso de claridad en la noche; hoy, la llama de la fe es antorcha que nos orienta hacia la Verdad única y eterna: Jesucristo, luz de las naciones.
Cuando en la santa liturgia bautismal se entrega el cirio encendido, se proclama la verdad sublime: «Recibe la luz de Cristo». Esta misma luz brilló en los ojos de Simeón, quien al contemplar al Niño divino exclamó con voz profética: «Mis ojos han visto al Salvador». Y es que en el acto de la Presentación no es solo María quien lleva a su Hijo ante el altar, sino que es Dios mismo quien nos entrega a su Primogénito como salvación para todos los que confiesan su Nombre.
Siguiendo el precepto mosaico, María y José acuden humildemente al Templo con dos tórtolas o pichones, oblación de quienes viven en la sencillez de la pobreza. Pero, en una mirada más elevada, lo que en verdad se ofrece en ese instante es el Cordero sin mancha, el verdadero y eterno Sumo Sacerdote, aquel cuyo sacerdocio es conforme al orden de Melquisedec. No es solo un Niño el que es presentado; es el mismo Dios que se entrega al hombre, revelándose como altar, sacerdote y víctima, principio y fin de toda oblación.
La Iglesia, en su peregrinar por la historia, ha abrazado esta festividad como un testimonio ardiente de la fe que recibe y da luz. En Oriente se la denominó Hypapante, el «encuentro», porque en ella la humanidad, representada por Simeón y Ana, reconoce al Redentor largamente esperado. En Occidente, la luz de las candelas se ha convertido en símbolo visible de esa fe que acoge a Cristo y lo proclama al mundo. Hoy, con humildad y fervor, alzamos nuestras luces como expresión de nuestra propia presentación ante el Señor, renovando nuestro compromiso de ser portadores de su claridad en medio de su creación tantas veces sumida en la penumbra del error y del pecado.
Este día es también cumplimiento de la antigua profecía de Malaquías: «Mirad, yo envío a mi mensajero para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis». ¡Vedlo aquí, el Rey de la Gloria, que entra triunfante en su templo, manifestándose como esperanza y redención para su pueblo!
Y la carta a los Hebreos nos ilumina aún más en esta contemplación: en la Presentación se revela el misterio del sacerdocio de Cristo, quien, semejante en todo a nosotros, se hizo ofrenda para la expiación de nuestros pecados. Su sacrificio no es temporal ni pasajero; es eterno y perfecto. Así, ante la Cruz, el cristiano es llamado a acercarse al trono de la gracia, donde el Sumo Sacerdote nos espera con brazos abiertos para otorgarnos misericordia y auxilio en la tribulación.
Hoy, al igual que María y José en el Templo, presentemos nuestras vidas al Altísimo. No temamos ofrecerle nuestro corazón, con sus alegrías y sus fatigas, con su amor y su lucha. La luz que portamos no es solo un símbolo; es una responsabilidad sagrada. Es menester iluminar los caminos oscuros de nuestra sociedad con la verdad de Cristo, disipando la tiniebla del egoísmo, la idolatría y la desesperanza. Quienes rehúsen la luz podrán apartarse por un tiempo, pero cuando el velo del error se descorra, buscarán a Cristo como el solitario en la noche corre a la antorcha que lo guía.
En estos días en los que el sol comienza a aparecer con mayor fuerza y aleja las sombras del invierno, nosotros nos hemos venido ante el Señor con nuestras candelas, como un signo de que el Sol de justicia se impone sobre la oscuridad del miedo y el caos.
Nos acercamos al Dios tres veces Santo para ofrecerle nuestra vida y nuestra misión, personal y comunitaria, de hombres y mujeres consagrados al Reino de Dios. María, que con amor virginal entrega al Niño en el Templo, nos precede en este gesto sublime. En su pureza, pobreza y obediencia contemplamos el modelo del alma entregada. Como ella, digamos hoy con renovado fervor nuestro «Heme aquí» y nuestro «Fiat».
Que nuestra presentación ante Dios sea verdadera y encendida, como llama que no se apaga en el altar de su amor. Que la luz recibida de Cristo resplandezca con firmeza, iluminando un mundo necesitado de redención, y que, así como el centinela guarda con anhelo la aurora, nuestro corazón espere con ansia el amor que solo en Dios encuentra su plenitud. Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula