
Domingo de Gaudete: "Estad siempre alegres en el Señor"
El Leccionario en un texto
Sofonías 3, 14-18a
"El Señor exulta y se alegra contigo".
Isaías 12, 2-3. 4bcde. 5-6
"Gritad jubilosos, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel".
Filipenses 4, 4-7
"El Señor está cerca".
+ Lucas 3, 10-18
"Y nosotros, ¿qué debemos hacer?"
Homilía: "Estad siempre alegres en el Señor"
Amados en Cristo:
Hemos llegado al Tercer Domingo de Adviento, conocido como Domingo de Gaudete, se caracteriza por un alegre contraste que irrumpe en medio del tiempo de penitencia y preparación. Este día, los tonos rosados reemplazan los colores austeros del Adviento, evocando el florecimiento de la alegría en el desierto de la espera. Este contraste entre el gozo y la penitencia se refleja también en las lecturas proclamadas hoy.
Para resaltar más esta alegría, nuestra comunidad ha preparado el árbol de Navidad y lo ha adornado con luces y adornos dorados y ramas de acebo con sus frutos rojos. El árbol es símbolo del Vástago de Isaí, Cristo; nosotros somos las ramas que debemos estar unidos a él para dar frutos de piedad. El color rojo del fruto del acebo nos recuerda la Sangre del Salvador, que nos redime y protege de las plagas del temor y de la muerte. Esta es una hermosa oportunidad para colmar nuestros hogares con la calidez del bosque y meditar en el Dios que se hizo hombre y entró a nuestro mundo para devolvernos el calor del abrazo salvador del Padre. Solo quien conoce su amor puede amarlo, y solo quien lo ama puede esperar su venida con alegría.
Aún en este domingo de Gaudete no se borra de nuestra mente las víctimas de las guerras en nuestro mundo, los cristianos perseguidos a causa de la Fe en Cristo, y, sin ir muy lejos, los damnificados por la causa de la Gota fría en España. Tampoco podemos olvidar a los que no tienen techo o abrigo y, no por ser menos importante, a aquellos que viven sumidos en la dormición de su conciencia debido a la embriaguez que provocan las ideologías vacías de sentido humano que, en el fondo, buscan desvirtuar la imagen de Dios en el hombre y borrar finalmente a Dios de nuestro mundo.
«¿Y nosotros, qué debemos hacer?» Esta pregunta, surgida del Evangelio de hoy, resuena en lo profundo de nuestro ser. Es una interpelación que nos desafía, pues muchas veces sentimos el peso de nuestras propias limitaciones y la aparente impotencia frente a las innumerables necesidades de la humanidad. Sin embargo, aunque nuestras manos no puedan alcanzar todos los rincones del sufrimiento humano, nuestro corazón y nuestra fe tienen un poder que trasciende toda frontera: la oración.
La oración es un signo vivo de nuestra fe, una fuerza que mueve montañas, abraza almas y derriba distancias. Es el canal a través del cual nuestra esperanza se une a la mediación del Sumo y Eterno Sacerdote, Cristo, el Mesías que anhelamos con todo nuestro ser. Hoy, encendamos la lámpara de la oración, permitiendo que su luz ilumine incluso los lugares más oscuros, y deseemos con fervor que la alegría del Señor se haga realidad en los corazones de todos los hombres. Que nuestra oración, nacida del amor y la confianza, sea un faro que desafíe las barreras de este mundo y acerque a todos al gozo redentor que sólo Cristo puede ofrecer.
La alegría se presenta como la antítesis de la tristeza y del temor. Por ello, el profeta Sofonías proclama, invitándonos al regocijo: "No temas, Sión. No se caigan tus manos, que está en medio de ti Yahvé como poderoso salvador; se goza en ti con alegría, te renovará su amor, exultará sobre ti con júbilo como en los días de fiesta" (Sof 3, 16-18).
El profeta, con estas palabras, nos recuerda una promesa conmovedora: "renovará su amor". En este Domingo de Gaudete, se nos anuncia esa renovación de la misericordia divina en Cristo. Aunque el nacimiento de Jesús ocurrió una vez en la historia para toda la humanidad, su misterio sigue vivo, y cada corazón puede experimentarlo como un acontecimiento personal. Así, el Señor desea nacer espiritualmente en el corazón de cada creyente, renovando su amor y su salvación, y llamando incluso a aquellos que aún están lejos de Dios, para que, al abrirse a su gracia, puedan experimentar esa conversión transformadora que hace nueva todas las cosas.
Tal vez te preguntes: ¿es esto posible también para mí? La Escritura promete: "Grande es su fidelidad; sus misericordias se renuevan cada mañana". Esta es una maravillosa noticia. Pero ¿cómo recibir esta renovación divina? La clave está en recordar los poderosos hechos de nuestro Salvador. Junto al profeta Isaías cantamos: "Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas".
Recordar es revivir. Al meditar sobre la vida de Cristo, desde el pesebre hasta el trono celestial, los beneficios de su sacrificio se hacen presentes hoy. Este es el misterio de la anámnesis: al celebrar la Eucaristía, el memorial de la redención, por designio de la gracia divina, se actualiza en nuestras vidas los frutos de su pasión y resurrección.
Por ejemplo, recordemos lo que sucedía durante la celebración de la Pascua judía, pues el contexto adecuado para comprender el sentido profundo de la anámnesis es precisamente el culto y la plegaria del pueblo hebreo. En aquella noche santa, Dios se acuerda de Israel, y ese "acordarse" implica mucho más que un simple acto de memoria: es un hacerse presente, actualizando su obra de salvación. Por su parte, Israel también se acuerda de Dios y de sus gestas redentoras, cumpliendo el mandato: "Este día será memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones" (Ex 12,14).
En el "hoy" de la celebración se entrelazan pasado, presente y futuro. Se hace memoria del pasado, mientras el signo litúrgico señala hacia el futuro, anticipando la salvación definitiva. Esta experiencia bíblica ilumina el mandato de Cristo en la Última Cena, cuando ordenó realizar el gesto sobre el pan y el vino "en memoria" suya.
La Iglesia, fiel a esta enseñanza, ha comprendido siempre que en la celebración de la Eucaristía, memorial de la redención, no solo se rememora, sino que se hacen presentes y operantes los inagotables frutos de su sacrificio redentor. Al participar del Pan de Vida y la Bebida de Salvación, recibimos salud para el cuerpo y salvación para el alma, experimentando en nuestra vida la fuerza viva de este misterio.
En Adviento, cuando proclamamos que Él viene, nos preparamos para recibir la gracia de su nacimiento y aguardamos su gloriosa venida final. San Pablo nos recuerda: "El Señor está cerca" (Flp 4, 5). Estas palabras resuenan con fuerza, porque cada día que vivimos con fe nos acerca más al cumplimiento de sus promesas. El Apocalipsis confirma: "¡Sí, vengo pronto!" (Ap 22, 20). Por tanto, como Iglesia, recordamos con gozo su venida pasada, velamos con esperanza su retorno final y mantenemos viva nuestra fe en los misterios de Cristo.
La alegría a la que San Pablo nos exhorta no es pasajera ni superficial, sino una experiencia profunda que surge del encuentro con Cristo y se sostiene en la fe. Esta alegría, arraigada en las promesas eternas de Dios, no depende de las circunstancias externas, sino que se nutre del conocimiento de su amor infinito y de la confianza en su fidelidad. Por eso, como discípulos, proclamamos con entusiasmo el mensaje de salvación, convencidos de que solo en Cristo se encuentra la verdadera esperanza y la felicidad que perdura. Siguiendo las palabras del Apóstol en Filipenses 4:4-7, nos regocijamos en el Señor siempre, confiando en que su paz, que supera todo entendimiento, guardará nuestros corazones y nuestras mentes en Él.
¿Comprendemos, acaso, la trascendencia de proclamar el mensaje de salvación? Hermanos, si no anunciamos al Señor a este mundo, nunca podrá alcanzar la salvación. Si la humanidad no conoce la vida de Cristo, si ignora el misterio de su abajamiento al hacerse hombre y habitar entre nosotros, su entrega redentora y su glorificación, no podrá amarle. Si no le ama, no podrá recordarle; si no le recuerda, no podrá esperarlo; y si no lo espera, no tendrá esperanza. Y sin esperanza, nunca podrá conocer la auténtica felicidad.
Caminemos por las calles de nuestras ciudades y observemos cuántos viven engañados, buscando refugio en sucedáneos de felicidad. El mundo no puede ofrecer la verdadera dicha, pues esta solo se encuentra en Cristo. Nos corresponde a nosotros, como Iglesia, proclamar incansablemente la salvación que Él nos ofrece.
Y tú, hermano, cristiano desde siempre, que hoy te sientes abatido y cansado, que tal vez has perdido el fulgor que distingue a los santos incluso en medio de las tribulaciones: ¿no será que, creyendo saberlo todo, ya no aguardas con el gozo del primer amor la gloriosa venida del Señor? Levanta tu mirada, renueva tu espíritu, y recuerda que el Señor está cerca. ¡Anunciemos su salvación con fervor y alegría, para que el mundo entero descubra en Él la fuente de la vida verdadera!
Sin embargo, no se trata solo de proclamar el mensaje, recordar los hechos que nos redimen y orar para hallar serenidad en nuestras jornadas. Para que nuestra alegría sea plena, hemos de asumir con compromiso la misión que nos corresponde. Juan el Bautista nos lo sugiere con claridad en el Evangelio de hoy: estamos llamados a la caridad, a la misericordia, a la bondad, a la justicia. Nuestras acciones deben reflejar modestia, y nuestra vida, un anhelo constante de reconciliación y paz.
En este tiempo de Adviento, tan cercano ya a la celebración de la Navidad, permitamos que nuestra fe sea renovada en Aquél que nos ama con amor incondicional. Él, que es poderoso para preservarnos sin caída y presentarnos irreprochables ante su gloria con inmensa alegría. A Él, el único Dios, nuestro Salvador por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea dada toda gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo, ahora y por siempre.
¡Amén! ¡Que así sea!
Mons. + Abraham Luis Paula