
"Desgarrad el Corazón, No los Vestidos"
El Leccionario en un texto
Profeta Joel (Jl 2,12-18)
"Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos y
lamentos".
Salmo 50 (Sal 50,3-6.12-14.17)
"Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu
firme".
Segunda carta de san Pablo a los Corintios (2 Co 5,20–6,2)
"En nombre de Cristo os suplicamos: reconciliaos con Dios".
Mateo 6: 1-6. 16-18
"Tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará".
Homilía
Queridos hermanos en Cristo,
Con la celebración del Miércoles de Ceniza, la Iglesia nos introduce en el tiempo santo de la Cuaresma, un itinerario de conversión que se nos propone cada año para que, con espíritu renovado, nos preparemos a vivir el misterio pascual. En esta solemne celebración, las lecturas de la Palabra de Dios constituyen un canto vibrante a la conversión, un llamado a la transformación profunda del corazón, como proclama el profeta Joel: "Desgarrad el corazón y no los vestidos" (Joel 2,13). Este es el núcleo del mensaje de este día: la verdadera humildad y penitencia no radican en ritos o representaciones externas, sino en la sincera disposición del alma ante Dios. "Conviértanse a mí de todo corazón", dice el Señor. Y su voz resuena en nosotros con la urgencia de quien sabe que el tiempo es breve y que el destino eterno se decide en la sinceridad de un corazón rendido ante Su majestad.
En estos tiempos, más que nunca, debemos comprender que la verdadera humildad no se encuentra en gestos fácilmente imitables. No es la apariencia de pobreza la que santifica, ni los signos exteriores de sencillez los que garantizan la virtud. Humildad no es portar ropa desgastada o zapatos ajados, pues aun la soberbia puede ocultarse en estos trajes. No es el vestido lo que Dios mira, sino el alma que se le entrega sin reservas. Evitemos, pues, el engaño y no nos dejemos arrastrar por la hipocresía de un ascetismo aparente.
Hoy, al recibir la ceniza sobre nuestras frentes, escuchamos esas antiguas palabras: "Del polvo eres y al polvo volverás". En un mundo que desafía el tiempo y pretende conquistar la inmortalidad mediante la ciencia y el progreso, el hombre parece olvidar que su destino final no es este, sino la contemplación beatífica del rostro de Dios. Este temor a la muerte revela una verdad más profunda: el alejamiento de la trascendencia. Sin embargo, Cristo nos ofrece la solución que sana radicalmente este miedo y destrona el reinado de la muerte: la promesa de la resurrección y la vida eterna.
En el Evangelio proclamado hoy nos muestra a nuestro Señor, quien bien sabe de sacrificios, deseoso de ayudarnos a transitar el desierto cuaresmal, de manera que nuestro caminar ser convierta en un ofrenda agradable al Padre. Los tres fundamentos que sostienen la vida del alma en su peregrinaje hacia Dios son el desprendimiento, la oración y la abnegación, vividos en la alegría que brota del amor divino y únicamente por Él.
Cuando extiendes la mano para socorrer al necesitado, cuando elevas el espíritu en diálogo con el Altísimo, cuando te impones la disciplina del ayuno en ofrenda sagrada, practicas las formas esenciales de la penitencia, arraigadas en la Fe. Estas no son fruto del azar, sino que siguen un orden divinamente inspirado: primero, el desprendimiento, que nos libera del apego a lo efímero y nos abre a la caridad; luego, la oración, el ascenso del alma a Dios en el silencio sagrado; y finalmente, la abnegación, el sacrificio aceptado con amor, que purifica y eleva.
En este tiempo de gracia, es necesario preguntarnos: ¿qué estoy dispuesto a entregar en la Cuaresma? ¿Cómo responderé al llamado del Espíritu? Es un momento de discernimiento y fervor, donde la intención del corazón debe permanecer pura, libre de la búsqueda de reconocimiento. Cristo nos previene contra la vanagloria, pues el orgullo puede infiltrarse sutilmente en las obras que deberían ser solo para Dios.
"Que tu mano izquierda ignore lo que hace tu derecha, para que tu limosna permanezca en el secreto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará." Actuar sin esperar la mirada ajena, sino solo la de Dios, pues en lo invisible mora el Padre eterno. Con frecuencia nos detenemos en lo superficial, pero lo eterno se encuentra en la hondura del corazón vuelto hacia el Creador. En su mirada descubro el mandato sagrado: dar, orar, renunciar.
"Cuando ores, entra en tu aposento, cierra la puerta y dirige tu plegaria a tu Padre, que habita en el misterio." Estas palabras nos abren la puerta a la intimidad divina, nos revelan el secreto del alma de Cristo, siempre vuelta hacia el Invisible. Orar no es un espectáculo; es un coloquio santo con el Padre que todo lo sabe y todo lo concede.
Y nos sorprende el Maestro con esta última exigencia: "Cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro..." ¡Qué mandato inesperado! Embellecer el semblante en días de penitencia. Mas en ello, el Señor nos revela el verdadero sentido de la Cuaresma: no una tristeza vana, sino la luminosa alegría del espíritu que se entrega con amor. En el sacrificio ofrecido con fe, el alma se embellece, y la alegría secreta de Dios ilumina el corazón que sabe que su tesoro no está en este mundo, sino en el Reino eterno.
Fijémonos, vuelven los altares a vestirse de morado, este color se despliega ante nuestros ojos como un recordatorio solemne del llamado al recogimiento, la penitencia y la reverencia. Es la sombra mística que envuelve el alma en contemplación y la conduce al umbral del Misterio: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Bajo este velo simbólico, la Iglesia nos invita a adentrarnos en el desierto espiritual, a purificarnos en la oración y a preparar el corazón para acoger la gracia divina. Es el color de la contrición y del anhelo, de la espera y del abandono ante el Altísimo y Sublime Soberano. Como el salmista, inclinémonos con humildad y elevemos nuestro ruego: "Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu" (Salmo 51). Este canto de contrición resuena en el alma arrepentida como una plegaria ardiente que, envuelta en el fulgor de la misericordia divina, se convierte en un susurro de esperanza y redención.
Vivamos, pues, esta Cuaresma con aquella urgencia con la que el apóstol san Pablo, en su segunda carta a los Corintios, nos llama: "En nombre de Cristo os suplicamos: reconciliaos con Dios" (2 Corintios 5: 20). Este llamado a la reconciliación es el centro del mensaje cuaresmal. Es un tiempo propicio para regresar al Señor, para abrir el corazón a su misericordia y renovar nuestra vida cristiana. En el sacramento de la Reconciliación encontramos la gracia que nos devuelve la amistad con Dios y nos permite recomenzar el camino con un espíritu renovado.
Y así, hermanos amados, os invito a que, en este tiempo de gracia, recemos más ardientemente por aquellos que sufren, por quienes viven en la tribulación de la guerra, por los perseguidos por causa de la Fe, por quienes dan su vida por el Evangelio. Elevemos una oración unánime para que, en estos días en que caminamos hacia la montaña santa del Gólgota, nuestra humanidad, sedienta de paz y verdad, encuentre en la Cruz del Cordero de Dios la restauración y el poder redentor de su amor.
Que esta Cuaresma nos conduzca a la verdadera transformación de lo más profundo de nuestra alma. Caminemos con humildad, sabiendo que, si bien del polvo fuimos creados y al polvo volveremos, no es el polvo nuestro destino eterno, sino la resurrección de la carne y vida eterna en Cristo. Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula