
Bautismo del Señor: El Tiempo de Epifanía y la manifestación divina
El Leccionario en un texto
Primera Lectura (Isaías 40, 1-5. 9-11):
"En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios."
Salmo Responsorial (Salmo 28):
"El Señor bendice a su pueblo con la paz."
Segunda Lectura (Tito 2, 11-14; 3, 4-7):
"Nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo."
Evangelio (Lucas 3, 15-16. 21-22):
"Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco."
Homilía
Hermanos Amados:
Para las Iglesias que siguen la Tradición Occidental, el tiempo litúrgico de la Navidad encuentra hoy su culmen al celebrar la sublime fiesta del Bautismo del Señor. En esta jornada sagrada, el Evangelio nos presenta a Jesús ya adulto, pero la liturgia nos invita a no apartar la mirada del Niño en el pesebre. Este contraste lleno de misterio y ternura nos permite contemplar el tránsito entre el Dios que se revela en la humildad de la infancia y el Dios que, hecho hombre, se entrega con decisión al cumplimiento de su misión redentora. Los evangelios guardan un elocuente silencio entre estos dos momentos, pero la liturgia, enmarcada en el tiempo de Epifanía, nos conduce de la adoración de los magos al Niño Jesús, sostenido en los brazos de María, hasta las aguas del Jordán, donde se revela como el Siervo del Señor, dispuesto a inaugurar la era de la salvación.
En ambas escenas, el cielo se abre y la gloria divina se manifiesta de manera única. En Belén, una estrella guía a los corazones que buscan la luz; en el Jordán, el Padre proclama al Hijo amado, mientras el Espíritu Santo desciende en forma de paloma. Estas epifanías, llenas de significado, nos muestran al mismo Jesús en dos momentos distintos, conectando su fragilidad infantil con la fuerza y la obediencia que marcarán su vida pública. En Belén contemplamos el misterio de un Dios que, siendo inmenso, se hace pequeño y frágil por amor. En el Jordán, vemos a ese mismo Dios que, siendo puro e inmaculado, se sumerge en las aguas destinadas a los pecadores, anticipando ya su entrega en la cruz.
Pero también, hermanos, en el Niño de Belén y en el Jesús que se sumerge en el Jordán, nos vemos reflejados. Muchos de nosotros fuimos llevados al Bautismo en los brazos de nuestros padres, como una ofrenda de amor y esperanza. Ese día marcó el inicio de nuestra vida cristiana, nos configuró como hijos amados de Dios y abrió para nosotros las puertas de la gracia. Hoy es, por tanto, un día de profunda gratitud y gozo. Es un momento para recordar que el Bautismo no es solo un rito pasado, sino una fuente de vida que nos sostiene y nos llama a renovar constantemente nuestra fidelidad al Señor.
El Bautismo de Juan y la llegada de Jesús al Jordán
Juan Bautista invitaba a un bautismo único, distinto de las abluciones religiosas habituales. Este era un bautismo "de conversión para el perdón de los pecados" (Mc 1, 4). Su significado implicaba el arrepentimiento, el abandono del pecado y el compromiso de llevar una vida conforme a los mandamientos divinos. Al ser sumergido en el agua, el pecador simbolizaba su muerte al pecado y su resurrección a una vida nueva y santa. Este bautismo preparaba los corazones para recibir al Mesías, quien bautizaría "con el Espíritu Santo y fuego" (Lc 3, 16).
Sin embargo, un día Jesús, el Cordero de Dios sin mancha ni pecado, se acercó a Juan para ser bautizado. Ante esto, Juan se resistió: "Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" (Mt 3, 14). Pero Jesús insistió, diciendo: "Conviene que así cumplamos toda justicia" (Mt 3, 15).
El significado profundo del Bautismo de Jesús
Jesús, el Cordero inmaculado de Dios, no tenía pecado alguno y, por tanto, no necesitaba ser bautizado para el perdón de los pecados. En un acto de humildad infinita, se acerca a las aguas del Jordán para recibir el bautismo de Juan. Este gesto encierra un significado teológico profundo: Jesús, en su amor sin límites, se solidariza con la humanidad pecadora, tomando sobre sí el peso de los pecados del mundo entero.
Algunos santos y teólogos han meditado profundamente este misterio, explicando que, en ese momento, Jesús asumió la culpa de toda la humanidad y, cargado con ella, descendió al Jordán. Al hacerlo, nos muestra que Él ha venido a ocupar el lugar de los pecadores, no para condenarlos, sino para redimirlos. En palabras de un autor espiritual: "El Bautismo de Cristo es la aceptación anticipada de la cruz, el comienzo visible de su misión redentora, donde se sumerge en las aguas del Jordán como anticipo de su inmersión en la muerte por los pecados de toda la humanidad".
Este acto de amor prefigura la Pasión y la Cruz, donde Jesús llevará a su plenitud la redención. En las aguas santificadas por su presencia, se revela su identidad de Siervo sufriente, el Mesías que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Al aceptar el bautismo, Cristo nos enseña que la verdadera grandeza está en la humildad, el verdadero poder en el amor, y la verdadera gloria en el sacrificio por los demás.
La celebración del Bautismo del Señor trasciende los siglos y nos revela la naturaleza del Dios eterno que se manifiesta en el amor. En este sublime momento, el cielo se abre y el Espíritu Santo desciende en forma de paloma, mientras el Padre proclama: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto" (Lc 3, 22). Este acontecimiento es una epifanía que expone el misterio trinitario: un solo Dios en tres personas. En él, Jesús se manifiesta como el Hijo amado, el Ungido por el Espíritu Santo, quien inaugura con su misión la plenitud del Reino de Dios en el mundo.
En otras palabras: El Padre proclama su complacencia en el Hijo; el Hijo, obediente y sin pecado, se sumerge en las aguas santificándolas; el Espíritu desciende con ternura, confirmando que sobre él descansa la Divinidad, es el salvador, aquel que trae el Reino de los Cielos. Contemplar este misterio es adentrarnos en el infinito amor de un Dios que no permanece distante, sino que se hace cercano para ofrecernos una vida nueva y eterna.
Reflexión sobre nuestro propio Bautismo
La fiesta del Bautismo del Señor nos invita a contemplar con profundidad el misterio de nuestro propio Bautismo. Este sacramento, lejos de ser un mero acto social como a menudo se interpreta, constituye un evento transformador que marca un antes y un después en nuestra existencia. En el Bautismo somos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo, renaciendo como nuevas criaturas (2 Cor 5, 17). Así lo expresa el apóstol San Pablo: "Hemos sido revestidos de Cristo" (Gál 3, 27), y por ello, hechos partícipes de la vida divina, llamados a vivir como hijos amados de Dios.
No obstante, pese a esta transformación, seguimos experimentando la inclinación al mal y la debilidad frente al pecado. Esta lucha, que la Iglesia llama "combate espiritual", es una oportunidad para crecer en santidad. Dios permite nuestras fragilidades para que aprendamos a depender de Él y busquemos constantemente su gracia en la oración y los sacramentos.
El combate espiritual: Un llamado a la santidad
El combate espiritual es esencial en la vida del cristiano. Este combate no es solo contra el pecado, sino también un esfuerzo por conformarnos a Cristo en pensamientos, palabras y acciones. Como decía San Agustín: "Quien te ha creado sin ti, no quiere salvarte sin ti". Nuestra colaboración activa implica despojarnos del "hombre viejo" y revestirnos del "hombre nuevo" (Ef 4, 22-24).
Para perseverar en esta lucha, debemos cultivar una vida de oración constante, buscando la gracia divina para superar nuestras caídas y levantarnos con renovada esperanza. Como enseña la tradición: "El santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta".
Este proceso de santificación requiere también de nuestra disposición para dar frutos dignos de conversión (Mt 3, 8). Esto implica un cambio real en nuestra forma de vivir, buscando siempre agradar a Dios y ser testigos de su amor en el mundo. El Bautismo nos llama a ser luz en medio de las tinieblas, a proclamar con nuestras vidas que Cristo vive en nosotros. Al sumergirnos en el misterio del Bautismo del Señor, reconozcamos con humildad que nuestra misión como cristianos comienza en nuestro interior, pero debe extenderse a cada rincón de nuestras vidas y así, por propagación, al mundo entero.
Un ejemplo para el mundo de hoy: La Epifanía de la redención
La contemplación de esta Epifanía, en la que Cristo se manifiesta como el Hijo amado del Padre, puede llenar de luz a un mundo que clama por redención y paz. Con todo, este mundo a menudo olvida que todo lo que anhela debe comenzar a concretarse primero en el interior de cada alma. La verdadera paz y redención nacen de corazones transformados por la gracia, corazones que han decidido mirar al Ungido del Señor y escuchar sus palabras. Él es el único que puede guiarnos hacia el norte perdido, hacia la vida plena y verdadera.
En este contexto, la evangelización se presenta no solo como una misión inherente al cristiano, sino como una necesidad urgente en el mundo de hoy. Llevar la luz de Cristo a las naciones es un llamado que exige de nosotros no solo palabras, sino acciones concretas que hablen de la bondad, la misericordia y la verdad del Evangelio. La evangelización comienza en nuestro interior, en el compromiso personal de vivir según los mandamientos de Dios y ser auténticos testigos de su amor.
El Bautismo, puerta a la vida eterna
El Bautismo del Señor es una poderosa manifestación de su divinidad y una invitación a contemplar el misterio de nuestra filiación divina. Hemos sido llamados a vivir como hijos amados de Dios, a caminar en la luz de Cristo y a participar en la vida de la Trinidad. Que este día nos renueve en el compromiso de vivir plenamente nuestro Bautismo, confiando en la fuerza del Espíritu Santo para librarnos del mal y guiarnos hacia la santidad y la vida eterna.
Pidamos con humildad que el Señor nos conceda la gracia de llegar al final de este año con corazones renovados, marcados por su amor, y que si su Ungido no ha regresado antes en las nubes del cielo, podamos, con la alegría de otra Navidad, volver a arrodillarnos ante el Dios-Niño en el pesebre. Que su ternura infinita nos transforme una vez más, dándonos la capacidad de amar como Él nos ha amado, de perdonar como Él nos ha perdonado, y de proclamar, con la fuerza de nuestro testimonio, que Él es la verdadera luz del mundo.
Amado Padre celestial, guarda a tus hijos bajo el amparo de tu misericordia. Haznos dóciles a tu voluntad y fortalece nuestra fe para que, en todo momento, vivamos como discípulos de tu Hijo amado. Que, al contemplar cada día su rostro en la oración y en la Eucaristía, seamos transformados a su imagen, y así, un día, podamos reunirnos contigo en la gloria eterna. AMÉN.
Mons. + Abraham Luis Paula